Winston Churchill, el mayor estadista del siglo XX

Winston Churchill, el mayor estadista del siglo XX

Winston Churchill, el mayor estadista del siglo XX

La figura de Winston Churchill continúa ocupando un lugar destacado en la actualidad. La inf luencia, las predicciones y las célebres frases de este prolíf ico político, militar, escritor y periodista siguen latentes en el imaginario de los líderes y f ilósofos contemporáneos. Ellos consideran que este británico logró cambiar la historia más allá de los límites de su nación.

Sir Winston Leonard Spencer Churchill nació el 30 de noviembre de 1874 en el Palacio de Blenheim, Oxfordshire, en el seno de una familia acomodada y socialmente reconocida. Su abuelo fue el séptimo duque de Marlborough; su padre, Lord Randolph Churchill, un político influyente que llegó a ser Secretario de Estado para la India; y su madre, una bella joven norteamericana llamada Jennie Jerome, hija del millonario dueño del New York Times.

En ese sentido, la infancia de Winston fue la de un niño consentido sin privaciones económicas, pero sin demasiada atención de sus padres ocupados, uno en su carrera política, y otro en sus fiestas, recepciones y amoríos (dicen que la bella Jennie fue amante, entre otros, del futuro monarca Eduardo VII). El pequeño fue internado en el colegio más costoso de Ascot, donde se convirtió en un indigno representante de la gentry (aristocracia), avergonzando a su familia con las peores calificaciones del curso.

Fue entonces que decidieron trasladarlo a la tradicional escuela de Harrow (donde lo aceptaron a pedido de su padre), aunque su rebeldía y su falta de interés sólo se aplacarían años más tarde, al ingresar a la Academia Militar de Sandhurst luego de dos rechazos previos. Allí pasó a formar parte del regimiento de caballería Cuarto de Húsares, uno de los más prestigiosos del ejército (esta vez por pedido de su madre). Enviado a Cuba, India y Sudán, se convirtió también en corresponsal de los periódicos Daily Graphic, Daily Telegraph y Pioneer, y sus textos se publicarían luego en un libro.

Contratado por el Morning Post para ir a Sudáfrica, dejó la vida militar por el periodismo y, luego de ser capturado por los Boers, consiguió huir y publicar un segundo libro con la experiencia que lo hizo bastante popular en Gran Bretaña. Afiliado al Partido Conservador, decidió presentarse como diputado y, al segundo intento, resultó electo con apenas 26 años. Su fama creció mucho como político debido principalmente a su inagotable oratoria.

Su vehemencia e idealismo lo llevaron a pasarse al partido de los liberales cinco años después de su ingreso al Parlamento, lo que le valió epítetos como “traidor” o “mentiroso”, proponiendo una apertura en la política nacional y un cambio de estrategia en las relaciones internacionales británicas. En 1908, año en que fue designado Ministro de Comercio, se casó con Lady Clementine Hozier, única mujer en su vida, madre de sus cinco hijos.

 

 

Años después, Churchill fue Ministro del Interior y, ya cerca de la Primera Guerra Mundial, Ministro de Marina. Como tal, en 1915, vivió su mayor fracaso en la Batalla de los Dardanelos, donde el ejército aliado perdió miles de hombres frente a las fuerzas turco alemanas. Criticado por todos y abandonado políticamente hasta por el Primer Ministro, presentó su renuncia al almirantazgo, pasó por varios cargos menores, volvió a las filas del Partido Conservador y, sin mucha trascendencia, tras varios años se alejó de la función pública.

Dedicado nuevamente al periodismo, en los años 30 comenzó a alertar del peligro del rearme de la Alemania de Adolf Hitler y, comenzada la Segunda Guerra Mundial, fue nombrado nuevamente Almirante de la Marina hasta que en 1940 se lo eligió Primer Ministro tras la renuncia de Neville Chamberlain. Con mano firme y constantes palabras de aliento hacia su pueblo, se convirtió en el símbolo de la resistencia antinazi en Europa, negándose reiteradamente a cualquier rendición o acuerdo desventajoso para el país.

El Primer Ministro nunca cejó en levantar la moral de su ejército y de su pueblo, echando mano a su enorme carisma y su gran habilidad política. Así, consiguió que los soldados británicos lucharan sin tregua y que los ciudadanos estuvieran dispuestos a defender cada preciado palmo de tierra, pese a las derrotas en las batallas iniciales y a los interminables bombardeos alemanes que Londres soportó estoicamente durante dos meses.

Con la victoria aliada, créase o no, Churchill perdió el cargo, tal vez porque los británicos creían que aquel que los había guiado con éxito en la guerra no era el mejor hombre para liderarlos en la paz. Su segundo mandato, a principios de los 50, estuvo atravesado por un continuo declive del poderío y prestigio militar británico, con intervenciones en Irán, Kenia y Malasia. Churchill dimitió en 1955, poco después de sufrir un ACV, pero se mantuvo en el Parlamento hasta 1964, un año antes de su muerte. En 1953, por su labor como escritor, recibió el Premio Nobel de Literatura.

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