Fernando O’Connor, nacido para pintar

Fernando O’Connor, nacido para pintar

Fernando O’Connor, nacido para pintar

Descendiente de irlandeses, este artista argentino influenciado por Francis Bacon y calificado como un “Velázquez moderno” se encuentra en la plenitud de su carrera. Sus muestras internacionales y la gran retrospectiva que prepara para 2016.

¿Cuál es la clave que define el destino de artista? ¿Mandato genético, contexto, oportunidad? ¿Por qué alguien dedica una vida entera a pintar? ¿Por qué pinta lo que pinta? Fernando O’Connor nació en Buenos Aires en 1966, en el seno de una familia de clase media. Su padre descendiente de una familia Irlandesa afincada en la zona rural de Arrecifes fue empleado público y canillita. La única relación de su hogar con el arte fue un cuadro que colgaba en la sala, regalo de casamiento: una gran copia al óleo de una postal española de una corrida de toros hecha por un tío aficionado.

Cursó en el Mariano Acosta, donde a influjo de un profesor de literatura extraordinario se convirtió en ávido lector. A la par ilustraba para sí sus lecturas. Un día el profesor vio alguno de sus dibujos y fue terminante: “esto es lo tuyo”. Terminado el colegio —y pese a las presiones familiares que lo querían en alguna “carrera seria”— ingresó en la Escuela de Arte Prilidiano Pueyrredón. Abandonó su casa, y al poco tiempo la Escuela, en conflicto con la poca carga horaria de taller con la que se encontró en una Pueyrredón ya decadente.

Alternó mil rebusques para sostenerse, mientras diariamente concurría a los talleres libres de la Asociación Estímulo en la sede de la calle Córdoba que poco tiempo antes había comprado el Maestro Presas. Solo, educó la mano en largas sesiones con modelo vivo, aprendió los secretos del color y el claro oscuro. Pero quería más. Se presentó a un examen e ingresó en la Escuela De la Cárcova para cursar con Jorge Demirjian a quien admiraba. Tampoco anduvo: “venía más la adjunta que el maestro”.

Fue ayudante en el taller de Cristina Dartiguelongue y a partir de entonces se vinculó con el mundo del arte y pudo conciliar la subsistencia con su obsesión. Para entonces dibujaba magistralmente y con el óleo hacía gala de un oficio fabuloso. A los 23 años se presentó por primera vez en el Salón Nacional. Al año siguiente le dieron una sala en el Centro Cultural de la Recoleta. En 1996 obtuvo el Premio Sívori en el Salón Nacional de Artes Plásticas. En 1998, la Primera Mención en el Salón de Arte Sacro, y dos años después, el Premio Estímulo. En 2001 fue distinguido por la Fundación Antorchas y en 2002 por el Fondo Nacional de las Artes.

La figura humana estaba en su foco. A menudo se trataba de pinturas dolientes con marcada influencia de Bacon. La pincelada (o espatulada) es amplia y expresiva dejando zonas de la obra sin cobertura. Rafael Squirru, quien lo descubrió desde temprano, lo describió como un “moderno Velázquez por la bravura de su pincelada y sus planteos colorísticos y compositivos”. “Bravuras” fue luego el título de una muestra consagratoria que O´Connor presentó en 2012 en el Palacio Duhau. Antes había mostrado en Montreal y Quebec (Canadá) y repetidamente en Londres.

Hay otra veta en el artista: en su etapa formativa estudió a Claudio Bravo, al mentado Velázquez y a otros maestros del bodegón y la naturaleza muerta. A partir de ellos, agudizando el ojo, desarrolló una técnica de un hiperrealismo fabuloso e hizo sus propias composiciones donde incorporó tejidos norteños, juguetes de sus hijos o antiparras de motociclistas. Las obras tuvieron aceptación inmediata y se vendieron a precios elevados tanto en nuestro país como en el exterior. O´Connor, a instancias del mercado y de sus necesidades, las continuó realizando aun cuando ya no las sentía.

Un día dijo basta y se dedicó de lleno a lo suyo. Hoy, en la plenitud de su carrera, prepara una gran retrospectiva que presentará a partir del año que viene en distintos museos comenzando por el de Bellas Artes de Tandil. A la par sigue atento, pincel en mano, al convite de las musas que lo enfrenten a nuevos desafíos. No busca ideas, no experimenta modernismo. O’Connor nació para pintar.

 

 

DESTACADO

Me defino como un pintor realista, en tanto afronto la pintura como un lenguaje con el que intento dialogar con la realidad, para mí pintar implica nombrar a la realidad, debatirme con ella no con palabras sino en el terreno de los hechos; pero la realidad no sólo incluye un desnudo, un paisaje o una simple silla con la cual uno se debate al pintarla, incluye también el lenguaje de otros pintores con los que también se establece un diálogo, y a través del cual se va forjando la identidad.

 

F. O’Connor

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