Épica de la creación

Épica de la creación

Épica de la creación

Rudolf Nureyev (1938-1993) consiguió elevar el baile masculino al nivel de sus colegas mujeres, y hacer del ballet un arte audaz y sanguíneo. Retrato de un gladiador de la danza.

La técnica es a lo que echas mano cuando te quedas sin inspiración”. La frase es toda una declaración de principios artísticos y pertenece al hombre que ascendió más lejos en el altar de los dioses de la danza. Magnético e irreverente, Nureyev suplía sus carencias con temperamento y pasión.

 

 

Su nacimiento el 17 de marzo de 1938, en un tren soviético que viajaba cerca del lago Baikal, en Irkutsk, fue interpretado como un vaticinio de su destino: una perpetua travesía tras la perfección. Fueron esos mismos pies sin zapatos de su pobrísima infancia en la república de Bashkiria los que pisaron los escenarios de Leningrado y se consagraron en Occidente junto a las mejores compañías de Europa.

En el Royal Ballet de Londres, Nureyev fundó su propia leyenda: con la bailarina Margot Fonteyn se convirtieron en la pareja paradigmática del ballet de la segunda mitad del siglo XX. También trabajó en la compañía de Martha Graham y en el American Ballet Theatre. Pero sus biógrafos coinciden: la más impresionante de todas las piruetas la hizo en el escenario más inesperado. En junio de 1961, después de una actuación en París, desertó de la Unión Soviética y pidió asilo político en Francia. La escena parece cinematográfica: el joven bailarín, de apenas 23 años, escapó corriendo por la pista del aeropuerto al grito de: “Quiero ser libre” para refugiarse detrás de unos policías. “Fue el salto más grande de toda mi vida”, dijo tiempo después.

 

 

En 1983 fue nombrado director del Ballet de la Ópera de París, puesto que mantuvo hasta su muerte diez años después, víctima del sida. Su genio y su rebeldía, su intensidad, su figura andrógina, viril y suave a la vez, conjugaban un combo seductor para hombres y mujeres por igual. Del extenso inventario de sus pasiones han trascendido nombres como Freddy Mercury, Jackie y hasta Bobbie Kennedy. “Nadie puede resistírseme”, se jactaba Nureyev con esa misma temeridad y estampa dionisíaca que le permitieron trepar primero a los escenarios y, después, a la cima del mundo.

 

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