Una leyenda llamada Mau Mau

Una leyenda llamada Mau Mau

Una leyenda llamada Mau Mau

A más de medio siglo de la inauguración de la boite más glamorosa de la noche porteña, sus historias siguen vivas en la voz y la memoria de sus distinguidos habitués. Un tributo a la “catedral del ruido”.

La belle époque porteña supo tener como escenario la mítica disco Mau Mau, justo en esa zona tan bien llamada por el escritor Eduardo Mallea “el codo aristocrático” de Buenos Aires. Allí, en Arroyo casi llegando a Suipacha, lo más exclusivo de la época confluía en la boite más elegante de la noche argentina.

Miles de historias se escribieron sobre la llamada “catedral del ruido” en un intento por plasmar en palabras la huella indeleble que dejó en cada uno de sus habitués. Alberto y José Lataliste, fueron los padres de la leyenda: fundaron algo más que una boite sofisticada y elegante en Buenos Aires, crearon una multiplicidad de historias que, 51 años después, siguen transmitiéndose y recreándose según la voz que las narre.

Mau Mau fue la discoteca más exclusiva que tuvo Buenos Aires. Todo en su interior era deslumbrante: una pista de baile circular de 7 metros de diámetro con sus paredes tapizadas en pieles de cebra remarcando un inconfundible estilo africano, cabezas de animales embalsamados y colmillos de elefantes emergiendo de sus paredes, esculturas de madera, predominantes tonos ocre y tierra, sofás blancos, mesas bajas, cómodos livings con imponentes lámparas de pie y cortinados majestuosos, pesados, derramando elegantes pliegues sobre el piso y, como corolario, la imponencia de una orquesta sonando en vivo.

Épocas en que los hombres salían a bailar de saco y corbata y las mujeres usaban largo riguroso, requisitos indispensables para ingresar a la exclusivísima boite. Julio Fraga, el portero más recordado de la noche porteña, saludaba a cada cliente por su nombre y era el encargado de decidir quién entraba y quién no. Todo el personal era de excelencia: desde el Tano Fabrizzi – el maître que acompañaba a los invitados a sus mesas -, hasta los encargados del valet parking y los mozos impecables que sólo hablaban para responder a las demandas de los clientes.

De la cabina del DJ Exequiel Lanús salía la mejor música internacional: Harry Belafonte sonó por primera vez con su “Matilda, Matilda, Matilda, she take me money and run Venezuela” en la pista de Mau Mau y sólo con el silbido del comienzo de la canción la gente empezaba a moverse y las más esculturales mujeres balanceaban sus caderas al ritmo que imponían los bongoes de Harry.

Mujeres glamorosas, playboys, empresarios exitosos y los más exclusivos artistas internacionales como Rudolf Nureyev, Sylvie Vartan, Ornella Vanoni, Liza Minelli, Iva Zannicchi, Linda Cristal, Margaux Hemingway, Alain Delon, Geraldine Chaplin, Antonio Gades, y Philippe Junot fueron algunos de los exclusivísimos invitados que recibía Mau Mau.

Del vestido largo en los 60 a los hots pants con botas de caña alta en los 70, o los psicodélicos Pucci en contraste con los más sobrios Courrèges que reflejaban sus líneas geométricas en los zapatos de charol. Aromas como el Channel N 5, el Anais Anais, el Aramis o el Eau Sauvage dominaban la pista. Tan glamoroso era Mau Mau que el diseñador italiano Emilio Pucci eligió su magnífica pista para presentar una de sus más coloridas colecciones. Y el genial Roberto Carlos cosechó cientos de aplausos la noche que se presentó con su guitarra e hizo sonar los primeros acordes de Un gato en la oscuridad, que allí dejaba de ser triste y azul, y Amada amante para lanzar luego el disco que llevó el nombre de Mau Mau. Épocas de artistas y orquestas en vivo, de buenas bebidas, inolvidables tragos, y de aromas que dejaron huellas en la memoria de los más nostálgicos.

Los años 80 llegaron imponiendo su impronta, pero el traje y la corbata siempre fue imprescindible para entrar a la disco. Uno de sus tantos habitués, Gerardo Laimaga, recuerda el día en que Guillermo Vilas, convertido por entonces en figura del jet set internacional, quiso entrar con saco y zapatillas. “Fraga era insobornable y Vilas no podía creer que no lo dejaran entrar, y no entró. Era el lugar de encuentro obligado para tomar un buen whisky, conversar con amigos y escuchar la mejor música del mundo”.

En sus cimientos quedaron atrapadas historias de negocios y poder, amores únicos, imposibles y prohibidos también. El empresario Carlos Pujol entró por primera vez a Mau Mau a los 23 años: “Fuimos con un amigo francés que estaría sólo cinco días en Buenos Aires y no quería irse sin conocer la disco. Nos topamos en la puerta con Fraga, pero el acento inconfundible de mi amigo Pierre fue como haber llegado con una tarjeta VIP. Alguien le había dicho en París que no podía regresar sin conocer el Teatro Colón y Mau Mau. Pero volvió con mucho más que eso: se cruzó de golpe con la belleza celestial de Chunchuna Villafañe: quedó petrificado y boquiabierto. No reaccionaba, no hablaba y creo que tampoco respiraba. Los ojos azules de Chunchuna catapultaron esa misma noche la cúpula de Soldi y jamás se perdonó no haber podido hablarle. Treinta y nueve años después, Pierre volvió a Buenos Aires y se alojó en un hotel boutique en Palermo. Y otra vez aquel azul profundo volvió para ahogar sus palabras: Chunchuna estaba allí dando órdenes sobre la decoración del jardín del lugar. Mau Mau era mucho más que un lugar de moda, todo allí era imponente, fino y divertido. Los Lataliste fueron los primeros marcadores de tendencia en el país. Una época gloriosa de la noche porteña que nunca más volvió a repetirse”.

Medio siglo después, la huella de los hermanos Lataliste sigue intacta. Mau Mau se hizo emblema y se hizo mito por sus clientes, sus historias narradas una y mil veces, sus secretos mudos, y por lo que el mundo aún susurra de ella.

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