El director en su laberinto

El director en su laberinto

El director en su laberinto

A más de 70 años de su estreno, La dama de Shanghai de Orson Welles se puede releer en sintonía con las actuales demandas de género. Un filme audaz protagonizado por él mismo y Rita Hayworth.

Cuenta una antigua leyenda que nadie puede escaparle a su propia naturaleza por más tiempo que haya transcurrido, en aparente contradicción con la errónea interpretación de la máxima de Heráclito de que nadie se baña dos veces en el mismo río.

Esa idea de cierta esencia inmutable, como la que anida en el escorpión de la fábula que en el medio del trayecto no puede evitar morder a la rana, puesta en boca de la protagonista de una película de Orson Welles, es toda una declaración de principios de un director quien, desde el comienzo de su carrera, hizo siempre lo que quiso en un ámbito tan peculiar como el de Hollywood. Y que gracias a esa naturaleza inalterable consiguió dar a luz una película como Ciudadano Kane (1941), canonizada como la mejor de la historia, por haber sido la que marcó la división entre el cine clásico y el moderno.

La dama de Shanghai (1947) se inscribe también en el estilo provocador de Welles, aun cuando cumple con las reglas del film noir, género al que pertenece. Rita Hayworth es quien pone el cuerpo al personaje de Elsa, la femme fatale de quien Michael (el propio Welles) queda prendado al cruzarla una noche por el Central Park. Y con quien se embarca en una travesía en yate junto al esposo de ella en un turbio combate de amor y poder que, fiel al género, tendrá consecuencias aciagas para los tres.

 

Los protagonistas, marido y mujer en la vida real, junto al actor Glenn Anders, quien interpretó al personaje George Grisby.

 

 

 

La película estuvo teñida de particularidades. Surgió a partir de la desesperación de Welles por conseguir financiamiento para la puesta de una obra de teatro que no podía concretar, hecho que llevó a que el productor Harry Cohn le concediera la plata con la condición de que dirigiera un film para su estudio sin cobrar cachet. Su estreno no fue bien recibido por la crítica, como tampoco lo había sido Ciudadano Kane. Sin embargo, tal como ocurre con las grandes obras, La dama de Shanghai fue reconocida con posterioridad, tanto por la agudeza de sus diálogos, como por el poder sugestivo de una narración que lleva desde lo visual la marca personal de su director. Un autor que supo siempre cautivar con un arriesgado manejo de la cámara y planos de una grandeza estética sin igual.

En tiempos del movimiento #metoo, que tantas voces ha levantado dentro de Hollywood, La dama de Shanghai puede ser vista también como una representación de poder opuesta al que hoy se denuncia. «¿Ud. cree en el amor?», le pregunta Michael en el medio del mar a una Elsa que lo tiene atrapado como un tiburón en las redes. Y recibe por respuesta una frase que es la toma de posición subjetiva de una mujer que no desea que el amor le haga perder el control de su vida. «Deme el timón», responde Hayworth investida de la seguridad del personaje.

 

 

Hayworth estaba en los albores de su divorcio cuando filmó esta película sobre un amor tan contrariado como el que vivía en ese momento.

 

 

Que una protagonista le saque el comando a un hombre, se invista de capitana y tome el rumbo de la navegación, mientras quien la ama disputa su amor con su marido es definitivamente una escena audaz y provocativa para la época. La misma audacia con la que Welles se excluye de los títulos como director, y deja a su actriz (y esposa) al frente de su película. Claro que no sin cierta conveniencia oculta en el gesto, Welles nunca intentó escaparle a su propia naturaleza.

Como no podía ser de otra manera, el film no se queda en su lograda estilización, sino que despliega además varias capas de sentido que le dan la profundidad que solo puede conseguir un genio. Con la destreza de un prestidigitador, Welles manipula ficción y realidad como si se tratara de un juego de espejos, al sacar provecho del vínculo que lo unía a Hayworth, un matrimonio en los albores de su divorcio, y funde a los actores con los personajes de Michael y Elsa al punto de no saber bien cuál es la batalla que libran unos y otros, si la de la separación en su vida privada o la del amor contrariado del film.

Welles alcanza la apoteosis de dicha maniobra en la famosa escena del laberinto de espejos, donde insta al trío protagónico a batirse a duelo en una confusa profusión de sus imágenes replicadas hasta la infinitud. Un combate en el que el amor —el de la ficción y el real— se encuentra herido de muerte aun antes de que se dispare el primer tiro.

 

 

Orson Welles, en la piel de Michael, y Rita Hayworth como la femme fatale Elsa.

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