Martin Wullich, caballero de fina estampa

Martin Wullich, caballero de fina estampa

Martin Wullich, caballero de fina estampa

Clásico y moderno, el locutor y periodista cuya voz es una marca registrada, habla de la evolución de su profesión y de su gran pasión, la radio: «Para mí es el teatro de la mente».

Cada vez que Martin Wullich se sube a un taxi, saluda al conductor y este se da vuelta sorprendido con una expresión que parece decir: «Este hombre ya estuvo en mi auto», el locutor comprueba una de sus hipótesis más sólidas: su DNI está en su voz. El antológico segmento de FM Horizonte que decía: «Mientras tanto, aquí, en la gran ciudad, una nueva hora comienza» quedó tatuado en el registro auditivo colectivo.

El sello personal de Wullich impactó a las generaciones que crecieron escuchándolo en las diversas FM en las que trabajó, como le sucedió a él con sus referentes profesionales: «Siempre me gustaron los silencios del Negro Guerrero Marthineitz, y voces fantásticas como la de Ricardo Jurado. También el locutor Pedro Aníbal Mansilla a quien admiraba mucho por su pronunciación», cuenta.

Desde sus inicios con el periodista Marcelo Longobardi quien también debutaba en un programa de radio dominical de 6 a 9 de la mañana «que no escuchaban ni nuestras madres» —tal como él mismo confiesa entre risas— Wullich también hizo periodismo gráfico y televisión, siempre orientado hacia la cultura, el arte y el espectáculo. Se propuso la enorme misión de «desalmidonar la música clásica» y ya lleva una década haciendo un ciclo especializado en Millenium. Todos los miércoles de 11 a 12, tiene un segmento llamado La logia del buen gusto en el ciclo Bien levantado, conducido por Beto Casella en la radio Rock & pop: «Apelo un poco al espacio que tuvo Landrú en su revista Tía Vicenta que ponía semanalmente lo in y lo out. Es un suceso, en la página de Facebook ya hay más de 50 mil seguidores», cuenta.

La figura del oyente y el modo de dirigirse a él es crucial en el enfoque que Wullich le dio a su carrera: «Me cuesta decirlo pero en general no es lo mismo el locutor formado en una época que el formado ahora. Hoy hay hasta quienes confunden tiempos verbales, dicen redundancias. Me parece que el locutor tiene que dejar un mensaje que trascienda la superficialidad, no estar en esas pavadas de gritar y hablar por sobre los demás en que aparentemente la velocidad tiene más importancia que la calidad de lo emitido. En eso encuentro una involución en la profesión. Igual para mí lo importante es ser fiel a mi estilo. Mi búsqueda pasa por aportarle a la audiencia algo que no sabía. Hay gente me va a seguir y para otros seré un dinosaurio».

Al igual que para todos los profesionales medios, el avance de la cultura digital tuvo un fuerte impacto en la labor cotidiana de Wullich. A pesar de ser un amante del ritual de la lectura pormenorizada de diarios en papel, «esa rutina que te obliga a ir a lavarte las manos sucias con tinta», sabe apreciar los pros y los contras del cambio de paradigma que hoy vivimos: «Para mí la radio es el teatro de la mente y hoy con el tema de las cámaras que están en todos lados —incluso en los estudios de radio—, se pierde la magia que tuvo siempre esa voz misteriosa que estaba del otro lado del aparato. Hoy buscás en las redes y te encontrás con ese señor o señora que te está hablando por la radio. Pero al mismo tiempo a través de streaming, llegás al planeta entero», reflexiona. Internet también fue una excusa para volver a despuntar el placer de la escritura tal como lo hizo durante años en el diario La Nación, El Cronista Comercial y la revista Noticias. Hoy se pueden leer los textos de Wullich en su portal sobre temas del espectáculo, el arte y la cultura (www.martinwullich.com).

Clásico y moderno, sería una buena síntesis para definir a este caballero de fina estampa a quien muchos miran con asombro por actitudes y modales que para algunos son anacrónicos: «Me siento bastante formal en lo profesional y con cierta informalidad en lo personal. No soy un informalísimo. Por ejemplo, yo me levanto de la mesa porque una mujer fue al baño y se acerca de vuelta. Y me miran con rareza pero no me parece más que una cuestión de educación y de respeto. Pero en la vestimenta, por ejemplo, soy más flexible», comenta. Si hay un lugar donde puede explotar esa dualidad al máximo es en la radio: «Me gusta esto de estar presentando un concierto determinado y tal vez estoy vestido de jean y remera, despeinado, sin afeitar y que sin embargo la gente me escuche y me vea de smoking», dice con la satisfacción lúdica de quienes ejercen su vocación.

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