Oficio de torcedor

Oficio de torcedor

Oficio de torcedor

De los varios of icios que se necesitan para producir un habano, el de torcedor seguramente sea de los más emblemáticos. La visita de un representante del gremio llegado de Cuba nos brindó la oportunidad de experimentar por un rato esta ocupación maravillosa.

Pocas cosas despiertan más la imaginación, debidamente febril y tropical, del aficionado a los habanos que observar cómo desgrana su oficio un torcedor. Sentado en su banco frente a las hojas de tabaco noble, su trabajo será el paso definitivo para traer al mundo los puros que tanto disfrutamos. Con sus más y sus menos, el de torcedor ha sido históricamente un puesto privilegiado, que gozó de prestigio y que supo conquistar para sus representantes un lugar de príncipes dentro de la industria tabacalera. Cierto es que son el último eslabón en la cadena de 31 procesos que habrán de acabar en la blanca ceniza al extremo del objeto de devoción del fumador.

Ante todo, y con el debido respeto a Mérimée y Bizet, terminemos con el simpático mito de que los muslos de las mulatas son el mejor lugar donde enrollar un puro. Zonas firmes y sedosas donde cualquier varón depositaría su mirada y por qué no su tacto, nada tienen que ver con la única superficie idónea para ejercer la misión del torcedor. E incluso, aunque ahora es muy común ver mujeres torciendo, por mucho tiempo este fue un campo abierto sólo a los hombres e hizo falta el empujón oficial del mismísimo Fidel para que las representantes del bello sexo pasaran a formar parte activa en el torcido en la industria moderna del habano.

El torcido de un habano se hace siempre sobre una placa de madera o tablero en la galera, que es el área de trabajo en la que se concentran los torcedores dentro de las fábricas de cigarros. Allí se forma primero la famosa barajita, que no es otra cosa que la selección de hojas que conformarán primeramente la tripa del puro. Esta elección se denomina ligada y es la receta que dará por resultado las características de sabor que le son propias a cada marca.

El corazón de cada habano se denomina tripa y se conforma de tres tipos de hoja provenientes a su vez de tres distintas partes de la planta de tabaco que poseen cualidades que servirán para determinar el tiraje del humo, la forma en que el puro arde, su sabor, su fortaleza y su aroma.

Javier Buides es un torcedor cubano que visitó nuestro país y que, más allá de la típica demostración de sus habilidades, se tomó el trabajo de enseñar a un acotado grupo de entusiastas y periodistas algunos de sus secretos, permitiéndonos participar de la magia de crear un habano literalmente con nuestras propias manos.

 

 

 

 

“El interior de un habano se denomina tripa y se conforma con la unión de tres tipos de tabaco: el ligero, el seco y el volado que provienen respectivamente de las zonas altas, medias y bajas de la planta. El primero será el responsable de brindar la fortaleza y el sabor al habano. El seco proviene del área media y es responsable del aroma. Finalmente el volado es el encargado de garantizar la combustibilidad del puro.”, cuenta Buides.

Una a una fuimos tomando cada hoja en nuestras manos, estrujándolas con suavidad hasta conformar un manojo. Previamente hubo que cortar las imperfecciones de los bordes de las hojas y remover las nervaduras. Este paso es de gran importancia para facilitar un tiraje adecuado y sin obstrucciones o “nudos”.

Luego llegó el momento de unir estos tres elementos mediante la envoltura en el capote. Para adherir los extremos se utiliza goma arábiga, un producto vegetal incoloro e inodoro del que, sin embargo, no se debe abusar ya que las zonas en las que se lo aplica resultan propensas a juntar una humedad indeseada siempre que podría producir alteraciones de sabor.

Finalmente se lo enrolla sobre la parte más preciada, literaria y literalmente: la capa. Mientras que el resto del tabaco se extrae de hojas expuestas abiertamente a los rayos solares, la capa proviene de plantas tapadas, cultivadas bajo una tela que dosifica dicha exposición para conseguir una mayor belleza y flexibilidad en las hojas. Dependiendo de la marca, las capas pueden llegar a significar un 80 por ciento o más del valor de un habano. Todo cuidado es poco a esta altura de la operación ya que la capa es la carta de presentación de cualquier habano. Se debe elegir una hoja sin imperfecciones, manchas ni nervaduras muy marcadas.

El detalle final de colocar las anillas con la marca de Prado y Neptuno cerró la ceremonia de traer nuestro primer habano al mundo. Un acto de pura justicia poética luego de toda una vida dedicada a dar cuenta de tantos de sus congéneres al hacerlos desaparecer por el fuego.

Vinicius • Edición 17 (2011)

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