El verdadero

El verdadero

El verdadero

Pocas marcas pueden darse el lujo de llevar un artículo delante de su nombre para dejar en claro que se trata del original entre una pléyade de imitadores. The Glenlivet no sólo es un single malt de excepción sino también una suerte de metro patrón para lo mejor de Speyside.

Aunque el carácter intrínsecamente robusto de los whiskies de malta pudo ser una contra al comienzo de la lucha por la supremacía en el reino de los destilados de lujo, en el Valle de Livet vio la luz una de las versiones más sofisticadas de la misma. Y fue así que más de un vivillo decidió incluir el término dentro de su propio nombre para hacerse de un poco de su dulce perfume de éxito.

 

 

 

 

Si parecían exagerados los interminables patronímicos de Homero, donde el humilde Ulises era llamado “laertíada casta de Zeus, poderoso Odiseo” solo para hacer mención de su padre Laertes y de una madre tan descocada como hija de dioses y de paso ponderarle la fuerza, imagínense la prosapia de alguno de estos glenlivets. Está el Glen Grant Glenlivet, el Glenrothes-Glenlivet e incluso el conocido Tamdhu goza del mismo segundo apellido. Entre los escoceses es una broma popular llamar al Valle del Livet “el glen más largo de Escocia” por todas las destilerías que pretenden su carta de ciudadanía. Este alejado rincón de Speyside fue cuna de muchas de las más entrañables creaciones del mundo del whisky debido, por sobre todas las cosas, a su carácter inaccesible. Dado que la destilación era algo totalmente ilegal, este arrabal, de clima recio y brumas que calan hasta los huesos, fue el epicentro de una industria tan floreciente como ilícita. Los testigos de esta época de pioneros y contrabandistas dan cuenta de 103 emprendimientos en un área de apenas 15 kilómetros. Luego de muchos falsos arranques infructuosos, el gobierno británico consiguió hacer entrar en vigencia la Wash Act en 1824 y, hete aquí, que uno de los contrabandistas más reputados fue el primero en obtener una licencia. Así George Smith pasó, con el mismo celo, a representar un ejemplo acabado del productor que se atiene a derecho. Claro que sus antiguos colegas (más apropiado sería decir compinches) seguros de que esta ley iba a tener tan corta vida como sus predecesoras, decidieron hacerle la guerra a la competencia legal. Cualquier paraje inhóspito es ideal para una encerrona y el viejo George, que sabía muy bien con que bueyes araba, decidió pedirle al señor del lugar -el Duque de Gordon- una autorización especial para cargar dos rotundos pistolones. Pero dejemos que el propio protagonista nos lo cuente: “cuando los defraudadores de Glenlivet y de las Highlands de Aberdeenshire oyeron hablar de la Nueva Acta se mofaron de la idea, asegurando que nadie sería lo bastante atrevido como para destilar legalmente en su medio. Por aquel entonces yo era bastante joven y robusto y no estaba dispuesto a dejarme intimidar así que, cuando me advirtieron que iban a venir a quemar mi hacienda, conseguí algunas armas para mí y un par de fieles empleados”. Con semejante poder de fuego en una época en que los atentados se arreglaban por medio del filo, Smith mató a tiro limpio a varios de sus antagonistas y, desmontada la amenaza, se dedicó a producir un pura malta de excepción.

Otra de las peculiaridades de su emprendimiento fue que en 1853, en pleno auge de los blended whiskies, Smith produjera un pure malt o vatted, como se lo llamaba entonces. O sea, un whisky que combinaba maltas pero que no aceptaba whisky de grano en su mezcla.

Contábamos que al principio muchos whiskies trataron de asociarse a un nombre que era sinónimo de calidad hasta llegar al punto que productos tan lejanos como los que se producían en las Islas o las Lowlands trataron de figurar como glenlivets. Finalmente se llevó el tema a la justicia que falló que solo 26 whiskies podrían llevar el apelativo en sus nombres (como una suerte de denominación de terroir) y uno solo usar Glenlivet como nombre. Había nacido The Glenlivet.

Pese a una prosapia que hablaba de casi un remedio para la melancólica bruma de las landas, The Glenlivet supo hacerse de un nombre justamente por ofrecer siempre una gran calidad, incluso en sus épocas fuera del abrigo de las leyes. Tanto fue así que, durante una visita a Edimburgo del rey George IV en 1822, el mismísimo monarca pidió una copa de Glenlivet. No fue difícil complacerlo puesto que su anfitrión también consumía a escondidas el mejor whisky del valle más largo del mundo.

Vinicius • Edición 12 (2009)

 

 

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