Las preferencias gastronómicas de Sofía Loren y Ernest Hemingway

Las preferencias gastronómicas de Sofía Loren y Ernest Hemingway

Las preferencias gastronómicas de Sofía Loren y Ernest Hemingway

Las nuevas generaciones saben poco de lo que preferían comer aquellas estrellas, como también, posiblemente, sepan poco lo que les gusta comer a los famosos que admiran en la actualidad. A veces hablan mucho, hacen ruido, pero nada dicen de lo que les gusta comer o qué cocina prefieren. Sobre gustos no hay nada escrito… hasta hoy.

Pero las estrellas que dominaron la mitad del siglo XX como Sofía Loren han dejado una estela de información a este respecto. Sofia Villani Sciocolone, tal su verdadero nombre, venía de una familia pobrísima, donde aprendió el arte de cocinar con pocos elementos y cuanto más baratos mejor. En la casa familiar de Pozzuoli, la nonna Luisa la recibía con el plato cotidiano de pasta e fagioli, habituales en los hogares pobres italianos de la época de Mussolini.

Hoy Sofía lleva una vida apacible en Ginebra, luego de haber pasado los 80 años de edad. Seguramente en la biblioteca de su casa suiza están las ediciones de sus libros: el primero de 1971 In cucina con amore y el segundo, que publicó en l998, que tituló en español Yo en la cocina, recetas y memorias de Sophia Loren.

Cuando llevó sus curvas memorables a Hollywood, o mejor dicho, cuando fue Hollywood a filmar a Italia —porque los costos lo aconsejaban—, el director Stanley Kramer vio su actuación en otras películas y dijo “podemos contratarla, no es tan mala”. Fue por esa película, Orgullo y Pasión, que ganó el primero de sus dos Oscar… Sus compañeros de set fueron Cary Grant y Frank Sinatra. Justamente, Cary Grant fue quien le avisó que lo había ganado, dado que ella no quiso ir “porque si me lo dan, me desmayo, y para desmayarme prefiero estar en mi casa” dijo. En el camino quedaron actrices como Autrey Hepburn o Natalie Wood.

“Ver-go-gna” dijo que fue lo que sintió cuando tuvo que dar unos pasos de flamenco en otro film hecho en España, mientras la miraban unos cinco mil extras. Entre esos extras estaba un joven que 20 años después llegaría a ser Presidente del Gobierno de España: Adolfo Suárez.

Un día harta de que le preguntaran cuál era su secreto para tener semejante figura, dijo: “todo, todo lo que ven es obra de los spaguettis”.

Era capaz de transformar un durísimo corte de carne en un manjar, y quienes la frecuentaban aseguran que solía preparar las berenjenas de una docena de maneras diferentes, todas igualmente deliciosas.

Volviendo a Hollywood, cuando le tocaba una temporada por allá, como cuando filmó Nine en el 2008, se horrorizaba del rigor de las dietas que realizaban actrices como Nicole Kidman o Penélope Cruz. Mientras tanto, ella no se privaba de nada a la hora de sentarse en la mesa.

Fui testigo de esto, porque me tocó ser uno de sus anfitriones cuando vino por única vez a la Argentina acompañada por uno de sus hijos, Edoardo Ponti. En un momento, estando a la mesa, habiendo visto la conmoción que producía su presencia al circular por las calles de Buenos Aires o al visitar un shopping, me dijo: “Estoy tan sorprendida Alejandro, creí que la gente de tu país no me conocía…”. ¿Pueden creerlo? ¡Sofía Loren creía que era una desconocida en nuestra tierra!

Ciertamente, la vida de Sofía fue y es una vida de novela, pero una novela donde su amor por la cocina y la buena mesa siempre tuvo una impronta inolvidable.

 

 

 

 

El otro personaje gastronómico es ese símbolo de la masculinidad hasta la exageración, Ernest Hemingway, quien en su libro París era una fiesta le hace decir a la mujer protagonista: “La memoria es apetito”. Este pensamiento seguramente refleja todo un modo de vida que llevó hasta su desgraciada muerte. Discutido escritor, audaz periodista, cazador y aventurero, amante de las corridas de toros. En la buena mesa que compartía con los amigos en esos diferentes lugares y momentos de su vida, todos coincidían en el amor por la gastronomía.

Recorrió el mundo permanentemente, pero sin duda sus lugares favoritos estaban fuera de los Estados Unidos: España y Francia, iban a la cabeza de sus preferencias. Y una vez allí, Pamplona con su fiesta de San Fermín, y París, en todo momento, ocupaban un lugar especial tanto en su corazón como en su estómago.

En el París de algunas décadas previas a la Segunda Guerra Mundial, se lo solía ver frecuentemente en la Brasserie Lipp, donde devoraraba enormes porciones de chucrut. Por la misma época, cuando aparecía por Madrid, si se deseaba encontrarlo, bastaba con aproximarse al mediodía a Casa Botín, donde con el tiempo y los amigos adecuados daba rápida cuenta de un cochinillo asado.

En la década del cuarenta, cuando cubría la guerra civil española instalado en Pamplona, se lo encontraba habitualmente en Casa Marceliano, ubicado en la plaza del Mercado. Allí conoció otro de sus platos favoritos: el ajoarriero de bacalao. Tal era su pasión, que a fuerza de insistir consiguió que el dueño del lugar, Matías Anoz, le confiara la secretísima receta del plato.

Un mozo que trabajó en el establecimiento desde 1946, Juancho Echeguía, en una entrevista que le hicieron en 1988, declaró: “Hemingway nunca llevaba dinero. Le pagaban los cinco o seis amigos que venían con él… Es cierto que bebía mucho, pero nunca lo vi borracho… Llegaba a las nueve y media de la mañana, y apenas llegaba ya estaba riendo y charlando; le gustaba beber buen vino rosado navarro mientras comía sus platos preferidos…”

Cultivó muchas amistades bebiendo cognac en la terraza del Café Iruña, desde donde observaba la suelta de toros en los fermines. Amante declarado de la cocina navarra, fue agregando platos a sus preferencias personales, así su mesa era servida con cordero al chilindrón, o magras con tomate, estofado de toro, pimientos, cuando no, con truchas de la región.

Justamente, su amor por las truchas navarras lo llevaba a un pueblecito llamado Burguete, donde sucumbía al encanto de su paisaje y la tranquilidad que habitaba en el lugar. Sin compañía, se iba a buscar los mejores pozones del río Iratí, donde pasaba horas en procura de hacerse de unas truchas, para después comerlas. Su lugar exclusivo era entre la esclusa y la presa, donde se instalaba con una cesta de comida y muchas, muchas cervezas.

Otro testigo presencial de esos andares de Hemingway fue el pamplonés Jerónimo Echagüe, quien lo describió así: “…le gustaba beber, comer, los toros y el sexo…¡vamos, lo corriente! Pero él no es famoso por eso, sino por otras cualidades que le hacían ser diferente a los demás, no en vano se ganó el Nobel…”.

La lectura atenta de sus novelas nos revela algunos otros lugares y platos a los que regresaba de manera recurrente. Por ejemplo, en Al otro lado del río y entre árboles, pone a los protagonistas a comer carpaccio de lomo en el Harry’s Bar de Venecia, que su dueño, Giuseppe Cipriani, preparó para la condesa Amalia Nanni Mocenigo, dama que andaba precisando una dieta contundente en hierro. El nombre al plato se lo puso el cocinero, para honrar al pintor Vittore Carpaccio, que tenía una paleta totalmente volcada al rojo. El amor de Hemingway por este plato fue compartido por Truman Capote, el Barón de Rothschild, Charles Chaplin o Peggy Guggenheim, entre otras celebridades.

Coherente hasta su muerte, acaecida en 1961, fue enterrado en Ketchum, Ohio, justamente un 7 de julio, el día en que se honra a San Fermín. Hemingway es de esas personas que uno imagina que ha vivido la vida trepado a la parte blanca de la ola, nunca en otro lugar…

Vinicius • Edición 32 (2014)

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