Nostalgias de la Punta del Este que ya no es

Nostalgias de la Punta del Este que ya no es

Nostalgias de la Punta del Este que ya no es

El pasado de la ciudad uruguaya a través de los recuerdos de quien fuera un niño y un habitué en los años cincuenta. Los personajes, los circuitos, las costumbres y los símbolos esteños de ayer.

Mis primeros recuerdos de Punta del Este se remontan al verano de 1956. Mi familia regresaba después de algunos años en los que el gobierno de la Argentina de entonces había resuelto prohibir a sus ciudadanos viajar al Uruguay. Algo que no siempre se tiene presente, y no sé si decir: por suerte. Recuerdo a mis padres abrazándose con los miembros de la familia Míguez en la puerta del hotel del mismo nombre. Me impresionó ver gente mayor llorando por la alegría del reencuentro. Esas cosas un niño no las olvida nunca.

¿Cómo era aquella Punta del Este? Un lugar con poquísima gente. La vida de playa se hacía en la Playa Brava, justo enfrente al desaparecido hotel Playa. Se caminaba hasta el espinel de rocas y se regresaba. Pocos audaces se aventuraban a seguir por las desiertas playas que llevaban hasta las que estaban frente al hotel San Rafael. Al atardecer se veía a los amigos caminando por Gorlero, donde era habitual cruzarse con el Presidente del Uruguay paseando del brazo con su esposa como un veraneante más. Los hoteles más visibles eran el propio Míguez, el Nogaró, La Cigale o el Biarritz. En la punta estaban el hotel España y el Palace. Y por supuesto, el monumental hotel San Rafael, que albergó la reunión de la OEA donde terminaría expulsada Cuba de esa organización.

 

 

La Península desde la Brava con sus chalets de techos de tejas coloradas, antes de la construcción de la rambla que la circunvala hoy.

 

 

En esos tiempos no había avenida de circunvalación. Había tramos entrecortados. Los chicos nos entreteníamos saltando por las rocas. Algunas casas de esa época muestran sus frentes hacia las calles interiores, no hacia el mar. Hasta pocos años antes, la familia Hounie, que tenía su casa cruzando la calle de donde hoy se encuentra el edificio Lafayette, justo enfrente de la Playa de los Ingleses, viajaba con petisos para que pasearan los niños, y un par de vacas que les aseguraban la provisión de leche durante el veraneo. Esa Punta tenía muchos terrenos baldíos en los alrededores del faro; allí se podían dejar los animales y periódicamente un camión traía comida para ellos.

El aeropuerto para los turistas era El Jagüel, donde aterrizaban los segurísimos aviones DC-3. El ruido de sus motores dentro de la cabina hacía que los pasajeros bajáramos medio sordos. Desde Montevideo se llegaba por el viejo camino de Soca. Ni se escuchaba hablar de una ruta interbalnearia. Si se iba desde Colonia, se hacía una parada obligada en el parador Brisas del Plata, donde también paraban los ómnibus de la ONDA (Organización Nacional de Autobuses).

 

 

La estación del ferrocarril en la década de 1950; punto de llegada y partida de los turistas.

 

 

Aquella Punta del Este tenía un agua poco recomendable para beber. Se usaba para bañarse y para cocinar. El agua potable había que ir a buscarla a la central de la OSE (Obras Sanitarias del Estado) en el bosque. Era un auténtico meeting point, porque los vecinos, fueran uruguayos o argentinos, se conocían casi todos. Había unas 10 canillas en hilera, y cargar los tanques de plástico de 10 litros era un programa en sí mismo. El otro punto de encuentro indiscutido era el Cantegril Country Club, en cuyo entorno estaban los bungalows que se podían alquilar. Todas las mañanas mozos debidamente ataviados llevaban a los ocupantes el desayuno en bicicletas con una parrilla frontal donde se apoyaba la bandeja. El cine era el ámbito en el que Mauricio Litman organizaba año tras año el Festival de Cine Francés. En aquellos tiempos en que viajar en avión desde Europa era casi una aventura, este evento convocaba a artistas como Jean Paul Belmondo, Alain Delon, Brigitte Bardot y tantos otros, a quienes veíamos pasearse por la avenida Gorlero con naturalidad.

Hoy requiere un denodado esfuerzo de memoria reconocer a la Punta del Este de ayer al recorrer la punta y sus alrededores. Comenzando por la playa Mansa, se extraña la arquitectura franco normanda del hotel La Cigale. La que fuera casa de la familia Escasany es un restaurante, al que le pintaron sus blancas paredes de un color turquesa insoportable. También es notable la ausencia del viejo hotel Biarritz.

Tampoco está el Blue Cheese, que se llevó puesto la implacable agencia recaudadora de impuestos del Uruguay. Ya en el puerto, el Yacht Club Uruguayo desmontó su restaurante. Dónde había una boîte —faltaba mucho para que llegaran las discotecas— llamada Boca Chica hoy hay un gimnasio. En la punta misma no quedan rastros de los hoteles Palace y España y el lugar donde estaba el cine Ocean hoy es un baldío. A un par de cuadras estaba la tienda de Emilio Turco Sader, que tenía de todo y de la que no queda nada, solo lo recuerda una calle con su nombre. Viniendo por la rambla costanera en dirección a San Rafael, se descubre el edificio abandonado del que fuera el restaurante Mariskonea, cuya maravillosa arquitectura de estilo vasco se ha transformado en un inmueble tapiado y pintarrajeado con crueldad que deja a la vista las ruinas del que alguna vez fuera su criadero de mejillones.

 

 

El hotel San Rafael en sus primeros años.

 

 

La calle Gorlero está irreconocible. Restaurantes como Stromboli o Catarí no dejaron ni rastros. La coqueta confitería La Fragata es un local de comidas rápidas. Desapareció el local de Dante, donde se compraban todo tipo de whiskies y cigarrillos importados. Su propietario era llevado detenido periódicamente por contrabando y retornaba al día siguiente para deleite de su clientela que adoraba charlar con él. Sigue en pie El Mejillón, si bien ya no está el creador del chivito, Antonio Carbonaro. En este lugar era habitual ver por las noches a luminarias de la época como Rolo Álzaga o Charlie Menditeguy, compartiendo copas.

Saliendo de la punta existían los circuitos que los chicos adorábamos: ir en bicicleta a la «torre de los waffles» a tomar el té, hoy se reconoce el lugar como L’Auberge. En una tarde de lluvia, el programa era ir hasta la Barra, cruzar el puente de madera de una sola mano y comer unos churros con chocolate memorables en el San Jorge. También el tiempo se llevó otro lugar donde se comía maravillosamente, Lo de Miguel. El Miguel en cuestión había sido cocinero de la embajada argentina en Bruselas y cada plato suyo se volvía inolvidable, como su flamiche de puerros, y una versión inimitable del revuelto gramajo.

Quedan muchos recuerdos para hilvanar de lo que pasaba en la Playa Mansa y los atardeceres en la playa casi desierta de Portezuelo, donde se jugaban memorables partidos de volley que organizaba un lugareño absolutamente pintoresco que conocíamos como el Negro Pereyra. Este paisaje fue cambiando desde que un millonario italiano de apellido Rubinacci construyera una casa enorme, para cuya inauguración trajo un avión completo de amigos de Italia. La fiesta estuvo alumbrada por un ejército de negros, de torso desnudo y antorchas en la mano. Cicerón dijo: praeterita mutare non possumus (no podemos cambiar el pasado), pero sí mejorar el presente y el futuro simplemente mirando un poco para atrás.

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