Exotismo y magia de una ciudad entre dos mundos

Exotismo y magia de una ciudad entre dos mundos

Exotismo y magia de una ciudad entre dos mundos

En una orilla del Bósforo, Europa; en la otra, Asia. Estambul presume una convergencia cultural única en su estilo de vida y arquitectura que la transforman en un vital museo viviente.

Según palabras del Premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk, la vida no puede ser tan mala cuando pase lo que pase uno pueda dar, al menos, un paseo por el Bósforo. Basta con tener la oportunidad de contemplar la luz cobriza del atardecer de Estambul delineando las siluetas de sus palacios y las mezquitas a orillas de este estrecho que separa Oriente de Occidente para darse cuenta de que el escritor turco no exagera ni un poco.

Es que tanto en el pasado como hoy resulta imposible resistirse a Estambul. Fue su atractivo eterno el que la convirtió en objeto de deseo de tantos pueblos que dejaron su impronta en su cultura. Invadida, destruida y reconstruida una y otra vez a lo largo de la historia, tiene una geografía privilegiada que la convirtió en punto de encuentro de civilizaciones. Fue capital del Imperio romano de Oriente y del otomano y después, de la República de Turquía hasta 1923, cuando la capital se trasladó a Ankara.

 

 

De un lado Europa, del otro Asia. Magnificencia imperial a orillas del Bósforo.

 

 

Quien la visita por primera vez debe seguir los sabios consejos de Pamuk y disfrutar la atmósfera contrastante que se vive a orillas del Bósforo: vendedores de sardinas y pasajeros que suben y descienden de los ferries conviven en armonía con la magnificencia imperial. De un lado Europa, del otro Asia. Para navegar el mar de Mármara, el más pequeño del mundo, se puede elegir entre una embarcación para turistas con guías especializados o una pública, que permite sentirse parte de la vida cotidiana de la ciudad.

Desde el ferry, unos de los principales puntos de referencia son los dos puentes colgantes que conectan ambas orillas. Los viajeros apuntan datos sobre los barrios que visitarán más tarde: Orkätoy, el epicentro de la bohemia chic, y Bebek, una de las zonas más ricas, con sus típicas casas de madera. Del lado asiático, se imponen las residencias de la alta sociedad turca y los palacios otomanos devenidos en hoteles de lujo.

 

 

Construido en el siglo XIX, el Palacio Beylerbeyi deslumbra con sus alfombras, sus arañas de cristal francés y sus adornos de porcelana china.

 

 

Una vez en tierra firme, se puede visitar el Palacio Beylerbeyi, antigua residencia de verano del Imperio otomano. Construido en el siglo XIX, deslumbra con sus alfombras, sus arañas de cristal francés y sus adornos de porcelana china. Otro imperdible es el Palacio Topkapi que data del siglo XV, fue residencia de los más poderosos sultanes y hoy deslumbra en su estilo neoclásico y barroco. De las más de tres mil mezquitas que hay en Estambul, la Mezquita Azul es la más impactante. Fue construida a principios del siglo XVII y su interior está revestido por más de veinte mil azulejos en color azul. Como indica la tradición islámica, hay que entrar descalzo y cubierto con un pañuelo. Allí mismo ofrecen los elementos necesarios para las personas que no reúnen la vestimenta adecuada.

Muy cerca, y levantada más de mil años antes, está Santa Sofía que nació como iglesia católica en el siglo IV y se reconstruyó en el siglo VI. Fue convertida a mezquita en 1453 y recién en 1935 pasó a ser museo. Su interior es una increíble fusión de religiones y de historia. Otro testimonio de la esplendorosa Constantinopla es la iglesia San Salvador de Cora, que no cuenta con tanta afluencia de visitantes por estar un poco alejada del epicentro turístico. Sus mosaicos y frescos representan una de las obras pictóricas más importantes legadas por los artistas bizantinos.

 

 

La impactante Mezquita Azul fue construida a principios del siglo XVII y su interior está revestido por más de veinte mil azulejos azules.

 

 

La magia de Estambul también se respira en sus mercados. Los más visitados son el Bazar Egipcio o de las Especias, de visita obligada para todo sibarita, y el laberíntico Gran Bazar, cuyos cuarenta y cinco mil metros cuadrados y veintidós puertas de acceso son un desafío para los desorientados. Un buen recurso es tomar una foto de la entrada elegida para no perderse a la hora de la salida. En sus tres mil seiscientas tiendas divididas por rubros se venden desde vajilla y alfombras hasta pañuelos de seda. El regateo es ley y parte de la diversión de los comerciantes que en su mayor parte hablan perfectamente español. Como cierre, se impone probar una rahat lokum o delicia turca, un dulce tradicional gelatinoso hecho a base de frutas. Recién entonces la travesía multisensorial que propone Estambul estará completa pero nunca jamás agotada, ni siquiera en mil y unas noches.

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