Siempre nos quedará Hollywood

Siempre nos quedará Hollywood

Siempre nos quedará Hollywood

A más de tres cuartos de siglo de su estreno, Casablanca sigue siendo un ícono del cine mundial. Cómo se construyó la épica de uno de los filmes más prestigiosos de la historia.

¿Qué es el cine?», era la pregunta que se hacía desde el título de su libro el crítico y teórico francés André Bazin. Toda su obra gira alrededor de esa cuestión ontológica. Una pregunta que hasta hoy sigue en pie, aun cuando las técnicas de filmación han variado sustancialmente desde que los hermanos Lumière y Méliès pusieron en movimiento sobre una pantalla las primeras imágenes fotográficas. Para algunos la respuesta está dada por la capacidad de realismo que el cine a través de su lenguaje alcanza a proyectar; para otros, por su posibilidad de crear universos propios, de «hacer magia». Y si bien ambos parecen conceptos contrapuestos, lo cierto es que no se excluyen sino que se complementan. El cine es, en definitiva, una huella de la realidad, su representación y como tal, magia.

 

 

 

Desde ese lugar casi ilusionista es desde donde puede explicarse que Casablanca se haya convertido en una de las películas más prestigiosas de la historia, que haya ganado tres Oscar en las categorías: Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guión, y que, más de setenta años después, se siga erigiendo entre las nuevas generaciones como un ícono de la cinematografía mundial. Un espacio mítico en donde no cabe cuestionar la verosimilitud de su argumento, la coherencia de sus personajes, ni el falso realismo de sus escenarios. Casablanca, así como los grandes mitos, sólo se comprende en su conjunto y a través de la revelación simbólica de sus principios, que es hacia donde se intenta concentrar el foco de la atención del espectador.

La escritura desordenada de su guion, primero en manos de los hermanos Epstein quienes trabajaron en la adaptación de Everybody Comes To Rick’s, la obra de teatro en la que la película está basada, continuó luego, en mitad de la historia, con la pluma de Howard Koch, quien supo imprimirle los valores en tiempos de guerras que destila toda la obra. Y si bien la cuota de romanticismo la introdujo un cuarto guionista que no figura en los créditos, fueron los Epstein quienes, ya con la película en pleno rodaje, volvieron a incorporarse al equipo y le dieron el cierre coherente a un relato que se reescribía todo el tiempo.

 

 

 

 

Sin embargo, la épica de Casablanca no la construyeron los guionistas, sino la mirada abarcadora de su director, Michael Curtiz, quien con gran ductilidad hace hablar a la cámara más que el guion a los personajes. A través de una puesta en escena con tintes expresionistas, angulaciones precisas y una iluminación cargada de dramatismo, Curtiz nos introduce en el mito del héroe, arquetípicamente representado por Rick (Humphrey Bogart), quien debe atravesar la oscuridad de su escepticismo y aparente falta de compromiso para redimirse frente a unos acontecimientos históricos y políticos que no admiten posturas tibias; y frente al gran amor de su vida, Ilsa (Ingrid Bergman), al que en un gesto magnánimo renunciará en pos no sólo de la libertad de ella y de su marido, líder de la resistencia, sino de la humanidad misma.

Toda la película está cargada de simbología humanista, pero es quizás en la música donde se libra la mayor batalla entre el bien y el mal, el amor y el olvido. Así resulta en la escena en que los personajes cantan La Marsellesa para acallar los ecos del canto militar alemán, o en el hecho de que el piano en donde Sam toca As time goes by, tema que une a los personajes, sea también el instrumento en donde se guardan las cartas de libertad que terminarán por separarlos definitivamente.

«Siempre nos quedará París», es la respuesta que encuentra Rick para consolar a la desolada Ilsa minutos antes de que ambos se despidan en el aeropuerto de Casablanca, desde donde Ilsa partirá junto a su esposo hacia Lisboa, escala obligada de su camino a América. La frase busca convertirse en una especie de reservorio de los recuerdos, un lugar en donde el pasado se mantiene incólume como una huella impresa en el tiempo. A nosotros siempre nos quedará Hollywood como emblema de una época, de una forma de hacer cine, de la magia.

 

 

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