Archibaldo Lanús: Un diplomático de prosapia

Archibaldo Lanús: Un diplomático de prosapia

Archibaldo Lanús: Un diplomático de prosapia

La entrevista con el embajador Archibaldo Lanús se desarrolla en el departamento que habita en el edif icio conocido como Palacio Estrugamou, una edif icación magníf ica y señorial como quienes viven en él.

Lanús, Archie para su enorme cantidad de amigos, recibe como antes, vestido de impecable traje gris, en un living que destila historia: platería acumulada por seis generaciones y que le llega por su abuelo González Herrera, una vitrina que muestra primeras ediciones entre las que están la del Santos Vega, Recuerdos de Provincia que pertenecieran a Dominguito Sarmiento y varios documentos patrios que serían la envidia de estudiosos y coleccionistas.

Caminando por la casa aparece una pared tapizada de menúes escritos a mano con estupenda caligrafía y enmarcados, que le recuerdan las principales comidas que lo tuvieron como anfitrión en sus largos años como embajador de nuestro país en París. Me llama la atención que siempre servía un vino torrontés argentino como cepa insignia de nuestro país. En tintos su gusto prefería los franceses, pero siempre “con nombre y apellido”. Y los “nombres y apellidos” que vi eran todos grands crús de las mejores vendimias francesas.

Formado en la escuela pública —el Cinco Esquinas, el Angel Gallardo y el Sarmiento— ya recibido de abogado cursó Economía Internacional en la Sorbona.

Su carrera diplomática se inició cuando era canciller de nuestro país el Dr. Miguel Angel Zavala Ortiz. Guarda un recuerdo entrañable de Guido Di Tella y su gestión.

Le pregunto algunos tips del buen embajador y enumera: “Hay que diferenciar los contactos de gobierno, sociedad, científicos y prensa. Estando en París también contacté con argentinos que viven allá, gente particularmente culta”.

Un tema es considerar como nos veían en los años de su presencia en el exterior: “Es clave tener conciencia de que en un país importante como lo es Francia, la Argentina es un país marginal. Al aceptar esto, se sale a ‘conquistar el territorio’, lo que quiere decir tomar contacto con la alta sociedad, que no es sinónimo de clase dirigente. Está todo mezclado”.

Le digo que la tarea no luce fácil. Pero Lanús tiene su receta probada: “Hay que tener buena logística y sobre todo un buen cocinero, comprendiendo que una buena mesa es el mejor lugar de encuentro. En mi caso era Thierry Coulon, el mejor de París”. Y lo dice así, como quien no quiere la cosa.

Porque en boca de Archie Lanús nada suena desmesurado, como cuando cuenta que el afamado cocinero le fue solicitado cuando finalizó su misión en París nada menos que por Lilian Betancourt…la mujer más rica de Francia, su amiga dilecta.

Le requiero de otros secretos de su experiencia infinita: “Hay que hacerse amigo del embajador de Inglaterra, que siempre tiene magníficos contactos. Luego hay que transmitir una imagen de servir a un país importante, que tiene poder en su región y, sobre todo, que tiene futuro”.

Y debe haber tenido éxito en el empeño, porque cuando Jacques de Larrosiére era director del FMI, solía decir: “Cuando vengo a esta embajada, me siento en el lugar más importante de París…”.

La contracara de esta imagen que uno recibe con su frases es la conciencia de que hay que ser uno mismo en el trato y no contagiarse de la función, lo que se traduce en el siguiente comportamiento: “Siempre atendiendo el teléfono y siempre contestando una carta. No poner barreras con la gente que te quiere ver. A veces los embajadores son pavos reales”.

Otros ingredientes del embajador profesional son: la cultura: “ser gente con mapa, saber ubicarse”,la cortesía, que en palabras del embajador viene a ser: “Ubicar al otro en algún lugar. Es un juego de selección y reconocimiento. Por ejemplo, siempre que fui invitado a una comida en una casa particular, envié al día siguiente un ramo de rosas a la dueña de casa”.

Luego me entrega uno de sus secretos mejor guardados: “los verdaderos ‘quien es quien’ en una sociedad no son más de 14 y hay que conocerlos”. Casualmente en una distracción ojeo la revista Pont de Vue, una especie de Hola francesa, donde aparecen fotografiados estos 14, pero en la foto hay un décimoquinto: Archibaldo Lanús.

Le recuerdo su paso por la política de la que no se ha apartado totalmente, si bien piensa que: “La política ha dejado de hacer y ha pasado a ser un proyecto de tener”.

Cuando se está frente a un hombre sin pelos en la lengua es bueno conocer su proyecto de vida actual: “Estoy dedicado a cultivar mi jardín. A enriquecer mi vida, partiendo de la base que el hombre es un anfibio que tiene una vida pública y una privada. Pienso que hay que tratar de ser uno mismo siempre, a pesar de los acontecimientos externos”.

Advierto que el comedor está preparado para recibir a ocho comensales, lo que hace que mire su reloj con nerviosismo, quizás para recordarme que no formaré parte de su cuchipanda, y reconoce: “la gastronomía es uno de los pilares de la sociabilidad”.

Este hombre con sus 71 años sigue activo, ejerciendo su profesión de abogado que ya tuvo que ejercer durante 10 años cuando el gobierno militar del 76 lo apartó de la carrera diplomática. También le agrada dar conferencias sobre la historia.

Me voy de su casa con tristeza, porque me doy cuenta que es una charla para seguir horas y horas, pero las visitas del almuerzo ya comienzan a tocar el timbre. Y este maestro de la diplomacia y la cortesía no se puede permitir la grosería de echar a uno para recibir a otros, así que le evito el mal trago; echo una última mirada a la colección de peinetones coloniales, al poncho que perteneciera al Mariscal López y recuerdo que este mismo hombre fue el que consiguió las 11.000 toneladas de cuota Hilton para la carne argentina en la llamada “Rueda Uruguay”, después de cuatro años de trabajo en Ginebra. Archibaldo Lanús no es un figurón, es una figura de nuestra diplomacia.

Vinicius • Edición 16 (2010)

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