Los dos salvajes

Los dos salvajes

Los dos salvajes

África y América fueron la exótica cuna de dos productos que habrían de hechizar a los europeos que, primero los probaron, después los prohibieron y f inalmente los adoptaron con un entusiasmo digno de sus principios activos. Los puros y el café, aliados y patronos de la sobremesa.

Parece que todo lo que la gente consume con gusto en el mundo tiene el destino de ser legislado apenas se difunde. Esto bien puede aplicarse a dos conspicuos habitantes de la buena vida, esos que tienen la noble función de darle un broche de oro a cualquier mesa bien regada y mejor servida: los puros y el último café. Ya de movida se cuenta con registros, algunos más fielmente documentados que otros, la verdad sea dicha, que hablan a las claras de que ambos productos llegaron para desestabilizar a los pobres europeos tan pronto desembarcaron en esos dos mapas lisos (al decir de Conrad) que fueron las Américas y el África profunda.

Al café, bebida que ya era digna de sospecha, directamente negra e insondable como los arrabales de Etiopía donde surgió, ya le cayó el sambenito de un origen que estimulaba a las bestias. Se cuenta que un pastor notó que sus ovejas, después de pastar en cercanías de unos arbustos de frutos colorados, tenían cuerda para rato y no podían conciliar el sueño por más que se cansaran de contar hombres.

Al tabaco, profusamente documentado por Fray Bartolomé de las Casas, también lo tildaron de estimulante diabólico cuando las huestes de Colón (que encima terminaron desembarcando en pleno epicentro del fenómeno, nada menos que en las costas de Cuba) se encontraron a una pandilla de locales que, al decir del prelado cronista, “se beben el fuego con unos tizones que sostienen entre sus dedos.” Rodrigo de Jerez, ni lerdo ni perezoso, picó en punta como primera víctima del tabaquismo del Viejo Mundo.

Decíamos que se encontraron principios activos que ejercían importantes estímulos en los parroquianos. Tanto que, apenas vistos sus efectos, surgieron desde prohibiciones regias (como la avalada por la siniestra reina Victoria) a bulas papales contra los venecianos más recalcitrantemente acelerados e insomnes después de los Borgia.

Todo en su medida y armoniosamente. Finalmente los dos recién venidos acabaron fundando imperios y transformándose en comodities que hasta nuestros días siguen brindando pingües beneficios a sus productores. Y, más allá del lugar que nuestra cultura les ha ofrecido, conforman una pareja tan probada que hasta se permiten la generosidad de invitar a la espirituosa, y así conformar la santísima trinidad que marcha tras los postres.

Al incidir sobre el paladar sin pisarse, esta combinación suaviza la irritación del humo mientras que va perfumando poco a poco el velo palatino. No es de extrañar que ambos elementos casen tan agradablemente, puesto que los aceites esenciales son la razón de ser del café y del tabaco. Además, tanto el uno como el otro comparten el celo por la humedad y cualquier aroma circundante. Eso hace que se deba ser cuidadoso al extremo al exponerlos a una estiba inadecuada. En el caso del tabaco, aparte de las condiciones de temperatura, es esencial que no se lo exponga a ninguna fuente de olor. Y sólo puede estar en contacto con madera de cedro. Cuando se trata del café, se puede aplicar un principio similar. Una vez molido se lo debe preservar de la luz solar y debe ser consumido a la brevedad. La nueva tendencia de la industria, que se ha venido volcando cada vez más hacia el uso de cápsulas, es un cambio que sirvió para preservar mejor al café. Encerradas en el ámbito oscuro y sellado del contenedor de aluminio, sus virtudes se pueden conservar intactas por mucho más tiempo.

Vinicius • Edición 19 (2011)

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