Joan Miró, genuina irreverencia

Joan Miró, genuina irreverencia

Joan Miró, genuina irreverencia

Una exhibición que presenta obras de enorme libertad expresiva realizadas durante una etapa introspectiva invita al reencuentro con este gran maestro del siglo XX.

El Museo Nacional de Bellas Artes presenta hasta fines de febrero próximo, la muestra “Miró, la experiencia de mirar”, que se centra en el trabajo del artista español  Joan Miró (1893-1983) durante las dos últimas décadas de su vida.

Medio siglo atrás el mismo museo trajo, desde los Estados Unidos “de Cézanne a Miró” otra exitosísima exposición. Fue aquella  la primera oportunidad en que el gran público de Buenos Aires tomó contacto con el maestro catalán mediante  “Interior Holandés” una obra abstracta de influencia surrealista de fines de  la década del veinte. Al año siguiente con la presentación de la colección Albright-Knox vimos dos obras más.

La exhibición actual presenta cincuenta obras, (pinturas, esculturas y dibujos) realizadas entre 1963 y 1981, pertenecientes a la colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de Madrid.

Personaje pájaros

 

Al decir de Carmen Fernández Aparicio y Belén Galán Martín curadoras de la muestra: “Miró pasa, en ese momento, por circunstancias vitales y artísticas que le permitieron un cambio esencial en su trayectoria. En 1956, el artista se traslada a su nuevo estudio en Mallorca diseñado por su amigo Josep Lluís Sert (el pintor  que  realizó los cielorrasos del palacio Pereda de nuestra ciudad, actualmente sede de la embajada de Brasil). En el taller-vivienda, reúne por primera vez en un mismo espacio la totalidad de su producción anterior, lo que le ofrece la posibilidad de revisar y redefinir, directamente, toda su obra. Esto provoca que, en adelante, su trabajo se alimente de la relectura de su experiencia plástica, cuyo resultado será la ruptura con la jerarquización de los signos artísticos y la absoluta libertad expresiva”.

“Las obras que realiza en estos años de madurez denotan un lenguaje profundamente personal, en el que no privilegia ni la pintura ni la escultura, sino que, volviendo a los presupuestos iniciales de estas disciplinas, se lanza a explorar sus límites conceptuales a través del cuestionamiento de su propia naturaleza”.

Así el artista que desde los años veinte fue una figura estelar del arte de vanguardia con centro en París, transitando y a menudo liderando los distintos movimientos que se sucedían con ritmo vertiginoso, se llama en su nuevo estudio de Son Abrines a un retiro introspectivo.

Produce entonces la obra que esta muestra excepcional permite conocer: aparece un artista que goza de una libertad expresiva que contagia alegría. Hay en esta producción de trazo suelto y simplificación rayana con lo infantil algo mágico que remite a lo primordial. Lejos de ser el artista del tramonto brota el artista del alba.

 

Mujer pájaro y estrella (Homenaje a Picasso)

La figura femenina, personajes y pájaros; sus grafismos, la imaginería inventada y los espacios vacíos, se conjugan en pinturas de paleta estridente y colores planos que acentúan la bi-dimensionalidad de las obras. En las esculturas fundidas en bronce a la cera perdida, objetos cotidianos, a menudo de descarte, se combinan para remitir al mismo universo, que fue a su vez,  la materia de sus etapas anteriores.

Tanto en las pinturas y dibujos como en las esculturas campea una genuina irreverencia, un desparpajo natural que puede, a primera vista, desconcertar. No obstante a poco de profundizar en ellas, no es difícil descubrir al genial artista fogueado en décadas de búsquedas y encuentros que se solaza en la relectura de su pasado para escribir el último capítulo de un libro fundamental del arte del siglo XX.

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