Una relación agridulce

Una relación agridulce

Una relación agridulce

Esta entrevista se realizó en 2009 en su casa particular y la he editado en homenaje al amigo, maestro y ejemplar diplomático que prestara servicios distinguidos a la República Argentina.

Posiblemente pocos como él supieron defender y proyectar el interés nacional de nuestro país.

Editor Carlos Mantovani

 

Hay un barrio en Buenos Aires al que sus propios habitantes llaman La isla: algo más allá de Las Heras y Pueyrredón, una escalinata lleva a calles tranquilas, sin tránsito; vuelven a escucharse los pájaros. Ese sosiego antecede al del propio Carlos Ortiz de Rosas, este hombre -tan alto y tan erguido en sus 80 años- que desempeñó responsabilidades también altas en su carrera diplomática, y que tiene la deferencia de contar esta parte de la Historia.

 

Cómo se desarrolló la relación entre el Reino Unido y la Argentina durante los años en que usted, como diplomático, la conoció tan de cerca?

Cuando fui ministro plenipotenciario de la embajada en Londres, recibí una invitación a almorzar del Jefe del Foreign Office, Henry Holer, subsecretario británico para las cuestiones latinoamericanas y del Jefe de las comisiones argentinas, Robin Edmonds. Me invitaron a un estupendo restorán de pescado, hablamos de cosas triviales… y yo me preguntaba si me había equivocado al creer que íbamos a tener una conversación de interés político. Finalmente vino el maître con una bandeja con licores y café que dejó en la mesa para no interrumpirnos más. Fue en esa privacidad cuando Henry Holer me dijo: “nos convoca la cuestión de las Islas Malvinas, para nosotros, los ingleses, no tienen ya el valor estratégico que tuvieron durante la primera y la segunda Guerra Mundial. Sabemos que tarde o temprano van a volver a ser patrimonio de la Argentina. Planteamos acá que ustedes nos ayuden a que así sea, conquistando (the hearts and minds, así dijo) el corazón y la mente de los isleños.”

Siguió una larga negociación, que logró la Declaración Conjunta de Comunicaciones. Ésta eliminó la necesidad del pasaporte y la sustituyó por una tarjeta blanca (que emitía la Embajada británica en Buenos Aires, las autoridades en Malvinas y nosotros en la Cancillería). Antes de 1982 –siendo yo embajador en Londres– con el ministro adjunto de relaciones exteriores, Nicholas Readly, estuvimos a punto –realmente estuvimos a un pasito– de una solución en la cuestión de soberanía, completamente compatible con nuestros reclamos. Se echó a perder por el conflicto bélico.

¿A qué punto había llegado la diplomacia?

A establecer que en las islas el Gobernador iba a ser nombrado una vez por la Reina y otra vez por el Presidente de los argentinos; el idioma sería bilingüe, español e inglés. Incluso se esperaba que el Reino Unido ejerciera la administración, por un plazo a definir mutuamente, al término del cual las islas pasarían, de hecho y de derecho, al territorio continental argentino.

Pero el 28 de marzo del 82…

Todo esto se esfumó. Ahora, en este tema –llámese Conflicto Del Atlántico Sur o llámese directamente Reivindicación de las Islas Malvinas– va a haber que armarse… de una gran paciencia.

El gobierno británico no va a hacer nada que contradiga los deseos de los isleños. Va a haber que ir paso a paso (step by step) mejorando sensiblemente la relación con el Reino Unido, que hoy no está muy bien. Las veces que hemos hecho avances en la cuestión Malvinas han sido cuando hemos tenido buenas relaciones con el gobierno británico.

Sin violencia. Con diálogo.

Por supuesto. La diplomacia tradicional busca siempre (a través de la relación de un embajador con un gobierno extranjero pero más allá de ella) el acercamiento entre los pueblos: hay que conocer cómo es su mentalidad, su cultura, su idiosincrasia. Eso acerca, eso ayuda mucho. Cuando uno tiene ese entendimiento, las posibilidades de un conflicto armado son remotísimas.

Yo creo firmemente en el valor de la diplomacia. A ella le he dedicado toda mi vida, con un convencimiento muy genuino de vocación. Me ha proporcionado momentos extraordinarios.

Yo le estoy sumamente agradecido a este país por haberme permitido representarlo. He tenido grandes satisfacciones. Ha habido también momentos difíciles, lo que los franceses llaman “la travesía del desierto”. Pero los de gran satisfacción, que fueron la mayoría, los compensaron.

Cuando en las Naciones Unidas se consideró elegir al sucesor del Secretario General U Thant, el Embajador de Francia consideró que la Argentina había hecho una muy buena diplomacia al servicio internacional en el Consejo de Seguridad, y me propuso.

Entre catorce países –pero especialmente Francia– trece lo consideraban así. Aunque vetada por la URSS, esa propuesta, como reconocimiento a mi función, fue un honor para mi. Soy un hombre feliz con lo que creo que he hecho al servicio de la Nación.

¿Qué admira especialmente del Reino Unido?

Su visión de futuro. Quieren que su lugar en el mundo siga siendo primordial y sienten que van hacia adelante con una meta.

En contraste… creo que nos falta un proyecto a largo plazo, que nos de seguridad y entusiasmo. No se va a arreglar la política exterior argentina con viajes presidenciales: se consigue más con una diplomacia tranquila, sabiendo qué es lo que uno quiere y sin aparecer en los diarios, que con una visita presidencial en la que se firman acuerdos… muchos de los cuales después no se llevan a cabo.

¿Y qué es “lo que uno quiere”? ¿Cuál sería la meta, el proyecto argentino?

Los argentinos tenemos una enfermedad, que es la de mirar constantemente al pasado con sentido crítico. ¿Usted concibe que hoy en día, a ciento cincuenta y tantos años de la batalla de Caseros siga habiendo rosismo y antirrosismo? ¿Quién discute en Inglaterra a Carlos I… o a Oliverio Cronwell? Los ingleses han asimilado su Historia. Nosotros nos metemos un cuchillo en nuestras entrañas, creyendo que, al hacerlo, estamos haciendo algo positivo. Y es al contrario. Todos, absolutamente todos en la Argentina cumplieron una misión. Todos han contribuido la voluntad nacional. Y esa voluntad nacional hay que discutirla hacia adelante. Admitir a todos. Tenemos que mirar al futuro.

Usted estuvo entre quienes recibieron los restos de Juan Manuel de Rosas en 1989 ¿Qué significó ese momento?

Con la vuelta de Rosas se cerraba un ciclo. Rosas y los enemigos de Rosas, tan importantes unos como otros, habían cumplido una misión como argentinos.

El desacuerdo por la instalación de una fábrica sobre el río Uruguay lleva años. ¿Hay una manera de evaluarlo, sin encono hacia la Banda Oriental?

¡Es absolutamente indispensable! ¡Sería suficiente que el poder Ejecutivo decidiera aplicar las disposiciones de nuestra Constitución para que se abra ese puente internacional (no es solamente una ruta argentina, es internacional) y no mantener ese malestar con el país más hermano, más cercano, no solamente geográficamente sino a nuestro corazón! Casi no hay familias uruguayas que no estén emparentadas con familias argentinas y viceversa. De manera que ningún argentino se siente más en casa, cuando va al exterior, que en el Uruguay. Debemos darnos nuevamente la mano. Yo lo deseo fervientemente.

Vinicius • Edición 31 (2014)

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