Raúl Alonso, un mundo de belleza

Raúl Alonso, un mundo de belleza

Raúl Alonso, un mundo de belleza

Sin dudas es uno de los artistas plásticos más importantes del siglo XX y en sus venas corría la pasión por el dibujo. Inquieto, de pequeño ya dibujaba a escondidas y, ya grande, sus creaciones reflejaron su habilidad multifacética expresada en tres etapas bien marcadas: lo figurativo, el surrealismo y lo abstracto. Un hombre con un instinto indomable.

En el verano de 1989 fui por primera vez a la casona de la calle Haedo, en Vicente López, donde vivía y trabajaba Raúl Alonso. En aquella época yo dirigía Colección Alvear de Zurbarán y el maestro lanzó el convite a “ver lo que estaba haciendo”. Yo tenía recuerdos borrosos pero placenteros de sus obras vistas en alguna muestra, de modo que encaré la visita con entusiasmo.

Decir que aquel fue el inicio de una amistad con el hombre y una devoción por el artista que todavía hoy perdura, sería mezquino. Fue en realidad un hallazgo, de esos pocos, capaz de iluminar toda una vida.

Raúl Alonso nació en Buenos Aires en 1923, hijo de Juan Carlos, un inmigrante gallego que llegó a la Argentina con 11 años. Se inició como cadete de Caras y Caretas y terminó como director general. Creció rodeado de intelectuales y artistas. Inició estudios de arquitectura pero al fallecer su padre se vio obligado a dejar la facultad para mantener su hogar. Dibujante precoz, se dedicó a la ilustración. Durante décadas fueron famosas sus tapas de la revista Claudia que firmaba con el pseudónimo “Kali”, nombre de su perro cocker.

Al mismo tiempo presentaba sus dibujos en salones nacionales y provinciales. En 1948 ganó el Premio Comisión Nacional de Cultura en el IV Salón Anual de Dibujantes. En 1950 se casó con una francesa encantadora, Daniele, con quien tuvo un par de gemelos (Claude y Serge) y luego a Marianne, quien siguiendo la tradición familiar devino en una destacada ceramista.

A mediados de la década del sesenta presentó su primera exposición en la galería Véneto. Más tarde en Gradiva mostró óleos con gran suceso. A principios de los setenta, durante un viaje a Londres tuvo serios problemas motrices. Vuelto a Buenos Aires enfrentó una complicada operación que lo postró seis meses en cama y otros seis más en silla de ruedas.

En su lenta recuperación se dedicó de lleno al dibujo. En julio de 1973 inauguró una consagratoria exposición en la galería Bonino. Las 21 tintas presentadas resultaron rápidamente vendidas. Al año siguiente obtuvo el Premio Adquisición en el Salón de Santa Fe y el Segundo Premio en el Salón Nacional con sendas tintas.

Inconformista como era, sus éxitos en dibujo no lo detenían. Con su salud mejorada comenzó a trabajar en pastel, convirtiéndose al poco tiempo en el más importante pintor argentino en esa técnica.

En 1975 presentó en Bonino una nueva exposición que incluía 20 tintas y 9 pasteles. Nuevamente el éxito fue total. En octubre de ese año recibió el consagratorio Gran Premio de Honor en Dibujo del Salón Nacional.

En el 77 expuso su serie “Los Siete Pecados Capitales”, tintas que acompañó con 21 pasteles. Se repitieron las exposiciones siempre aclamadas hasta que la muestra de 1979 (en la Galería del Buen Ayre) incluyó como novedad cuatro óleos.

Se sucedieron exposiciones y premios. Expuso en Madrid, Japón y China. Presentó “Los Diez Mandamientos”. Estuvo en Rubers en conjunción con Alberto Girri, viajó a Alemania con Presas, Barragán, Badii y otros.

En septiembre de 1989 presentamos su primera exposición en Colección Alvear. Desde entonces y mientras estuvo con nosotros expusimos en forma bienal sus obras, y después de su muerte, el 31 de julio de 1993, en cinco oportunidades más.

Cada muestra tenía su rito preparatorio. La visita a Vicente López mezclaba rutinas y sorpresas. El introito en la pequeña sala acogedora y luminosa (el living estuvo siempre vedado) incluía un oloroso café con alguna delicattesen. Luego, atravesábamos el jardín y subíamos al taller, arriba del garaje, y empezaba la fiesta. Raúl abría una inmensa cajonera y desplegaba, con cariño y un dejo de solemnidad, sus magistrales pasteles.

Vistos en sucesión provocaban un efecto “in cressendo”, se potenciaban unos con otros, al punto que cuando llegaba el momento de elegir los de la siguiente muestra, ninguno parecía descartable.

El epílogo era al óleo. El imponente caballete que Quirós le regaló en prueba de amistad y admiración, hacía de adecuado marco a las pocas telas que completaban el producto de varios meses de constante y metódico trabajo.

El rito terminaba con otro arte. El maestro, merecidamente orgulloso de su tarea, daba paso a su adorable mujer, su musa y compañera imprescindible de toda la vida. La querida  Daniele que, como buena francesa, era una magnifica cocinera desplegaba entonces un suculento menú generalmente iniciado con una soupe à l’oignon, generosamente regado.

Sus inauguraciones fueron siempre multitudinarias. Poetas, críticos, escritores, pintores, escultores y gente del común honraban su arte y su amistad. A lo largo de las muestras Raúl venía regularmente a la galería luciendo su coqueta elegancia que rara vez incluía una corbata y nunca obviaba un bastón.

Charlista ameno y culto, fino observador del mundo del espíritu y del espíritu de las cosas mundanas, galante y seductor, su compañía gratificaba siempre, aun cuando alguna sinrazón hacía aflorar su costado gruñón.

Fue un grande del Arte Argentino. Clásicos en su paleta y composición, sus obras sugieren sin decir, en un clima extraño que por momentos llega a convertirse en misterioso. En sus pasteles (mis preferidos) pintados sobre papel Montgolfier pesado y de grano grueso, las imágenes juegan en el deslinde de la figuración y lo abstracto.

Vinicius • Edición 33 (2014)

 

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