Quirós: El pintor de la patria

Quirós: El pintor de la patria

Quirós: El pintor de la patria

Desde muy joven se inició en la pintura y forjó una carrera entre lo criollo y lo europeo. Obtuvo numerosas distinciones en el país y en el exterior, siendo su obra especialmente valorada por coleccionistas nacionales y extranjeros.
Descendiente de una familia española de alcurnia cuyos orígenes se remontan a la Edad Media, Cesáreo Bernaldo de Quirós nació en Gualeguay, el 27 de mayo de 1879. Su padre había llegado al Río de la Plata a mediados de aquel siglo, acá se casó con Carlota Ferreyra y fue intendente de la ciudad entrerriana. Césareo, el segundo de diez hijos, pasó su infancia corriendo por los montes y escapando del colegio para nadar en el Paraná.

 

“Rojos en la Nieve”, c. 1933. Oleo sobre tabla, 26 x 36 cm

Comenzó a dibujar demostrando talento y una clara vocación artística. Fue entonces que su padre lo envió a estudiar a Buenos Aires, (cuando solo contaba con 16 años) con un maestro valenciano. Estudió luego en la futura Academia de Bellas Artes con Della Valle, Giudici y De la Cárcova.
A los 21 años viajó por primera vez a Europa con una beca y en 1906 recogió elogios en la Bienal de Venecia. Vivió en Italia donde nacieron sus hijos, y también en España. Sorolla, Zuloaga y Anglada Camarasa, ejercieron una marcada influencia en las obras de aquella época. La primera guerra derrumbó la fascinante vida del artista que transitaba, lleno de halagos, entre Florencia, Mallorca y París.
Se instaló entonces en Buenos Aires y presentó sus obras en el Pabellón del Retiro que inaugura el Presidente de la Nación. Viajó con regularidad a Entre Ríos pintando paisajes que exponía regularmente en la galería Muller recibiendo elogios y buena acogida por parte de los coleccionistas.

Entre pinceles y soportes
En 1917 se instaló en un lujoso taller del rosedal de Palermo donde pinta su lago, retratos, desnudos y escenas de interiores. Aceptó también alumnos, entre los cuales se destacaron más tarde Tessandori y Larrañaga.
Sin embargo, la tierra tira: abandonó las luces de Buenos Aires para internarse en su selva, como le gustaba llamar a su provincia natal. Allí pintó la gran epopeya argentina desplegada en un conjunto de lienzos monumentales que tituló “Los Gauchos”. Con esa serie, hoy repartida en Museos de Buenos Aires, Santa Fe y Paraná, recorrió las grandes ciudades del mundo cosechando elogios y distinciones. La Tate Gallery de Londres, el Jeu de Paume, la Hispanic Society de New York las tuvieron en sus salas.
En 1933 se instaló en Quebec, Canadá, donde pintó suntuosos paisajes nevados con una paleta brillante de bermellones y naranjas. Luego se trasladó a Wesport, donde vivió con una rica norteamericana que suma su nombre más a la larga lista de amores del artista. París cerró, con una muestra en la galería Charpentier, su exitosa campaña internacional.

“El Cantor y los Troperos”, c. 1924. Oleo sobre cartón, 69 x 79 cm

Volvió a la patria y vivió en Puerto Viejo, en las barrancas de Paraná, donde desarrolló una maravillosa serie que alternó con naturalezas muertas que presentó en sucesivas muestras en Buenos Aires.
A fines del la década del cuarenta, se mudó a Vicente López en las afueras de la ciudad de Buenos Aires. Allí siguió pintando motivos camperos que atesoraba en su memoria, naturalezas muertas e interiores donde incluyó los objetos que lo rodeaban.
Leopoldo Lugones lo proclamó el Pintor de la Patria. Ricardo Rojas y José Ingenieros le dedicaron elogiosos párrafos. Es sin lugar a dudas un nombre fundamental del arte de los Argentinos.

Quirós por Quirós
“Creo en la pintura que se enjoya con su materia y su técnica, en la pintura que refleja sinceridad y sabiduría, aquella que exige reverencia, la directamente vertida desde la entraña palpitante de la naturaleza al lienzo. Lo rebuscado, lo artificioso, lo deformado a través de forzadas posturas estéticas me suena a falso, a pueril. Sólo comprendo la verdad, esa múltiple maravillosa y renovada verdad que emana de la naturaleza”.

“Niego lo deshumanizador y creo en la evolución, mas no concibo el arte sin ese sagrado destino de continuidad, de superación basada en el legado de los grandes predecesores. Estimo que toda innovación debe arraigar en eso noble que posee, y desde allí, naturalmente, adaptarse a las nuevas exigencias de un nuevo ritmo, de una renovada fe, de un nuevo entendimiento…”

Vinicius • Edición 19 (2011)

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