Breve genealogía del medio pelo en la Argentina

Breve genealogía del medio pelo en la Argentina

Breve genealogía del medio pelo en la Argentina

El ímpetu por parecer más que ser ha tomado distintas formas a lo largo de la historia de nuestro país. Un recorrido desde los apellidos ennoblecidos por matrimonio a principios del siglo pasado hasta la jactancia “foodie” contemporánea.

Puede ser que el mejor trabajo sociológico hecho en la Argentina sobre lo que significa pertenecer al medio pelo haya sido realizado por el escritor Arturo Jauretche en su obra El medio pelo en la sociedad argentina, editada en 1966, y que 50 años después conserva una vigencia estremecedora.

Veamos la definición de Jauretche:

“Cuando en la Argentina cambia la estructura de la sociedad tradicional por una configuración moderna que redistribuye las clases, el medio pelo está constituido por aquella que intenta fugar de su situación real en el remedo de un sector que no es el suyo y que considera superior. Esta situación por razones obvias no se da en la alta clase porteña que es el objeto de la imitación; tampoco en los trabajadores ni en el grueso de la clase media. El equívoco se produce a un nivel intermedio entre la clase media y la clase alta, en el ambiguo perfil de una burguesía en ascenso y sectores ya desclasados de la alta sociedad”.

Es de suponer que de haber existido los barrios cerrados o countries y los clubes de golf en tiempos de Jauretche, el escritor se habría hecho una panzada aún superior de la que se hace en su libro con esta tipología. Hay quien dice que el origen de la expresión “medio pelo” viene de la colonia, cuando se importaban para el crudo invierno sombreros de castor. Si se hacían con la parte de la piel con pelo largo resultaban los más caros. Si era con la del pelo corto o medio pelo, eran los más baratos. Lo que importaba era usar gorro de piel de castor.

El autor evoca anécdotas deliciosas desarrolladas durante el siglo XX. Por ejemplo, cuando Saturnino Unzué logró el casamiento de Juanita Díaz, su hija natural, con el duque de Luynes. Recuerda el siguiente diálogo sostenido en un té de damas en el petit hotel que hoy es la residencia del embajador del Brasil, cuando pertenecía a la familia que la construyera:

— Ché, ¿quiénes son estos Luynes?

— Bueno, ellos son en Francia lo que nosotros somos aquí…

La sociedad porteña de entonces había asimilado esa costumbre muy practicada por las estadounidenses inmensamente ricas: ennoblecerse por el matrimonio. Y para los nobles europeos, era acceder al patrimonio por el matrimonio. Fue el caso del marqués Boni de Castellane, cuyo nombre completo era Paul Ernest Boniface de Castellane, curioso personaje que vivió entre 1867 y 1932. El hombre primero se casó con la riquísima heredera Anna Gould, a quien le estableció una dote de quince millones de dólares, una suma de dinero inimaginable en nuestros días. Cuando agotó la dote y siguió gastando sin el más mínimo control, la dama se divorció. Su hijo Georges, hombre hábil como su padre, enamoró a la argentina Florinda Fernández Anchorena, también heredera de una fortuna fabulosa, gracias a la cual tuvo su propia vida esplendorosa.

Se buscaban apellidos que los alejaran de sus orígenes españoles o italianos. Preferían los anglosajones, escandinavos, alemanes o franceses e incluso de vascos o irlandeses. El compositor Gioachino Rossini solía explicar por qué tenía una exagerada consideración por los ciudadanos españoles: “La Spagna impediva a l’Italia di essere l´última nazione d´Europa”.

Jorge Luis Borges no podía estar ausente de este aquelarre del parecer más que el ser. En un encuentro con la escritora Beatriz Guido, quien intentaba por todos los medios ocultar su nacimiento en la ciudad de Rosario y decía haber nacido en la Avenida de Mayo de Buenos Aires, Borges la interrumpió y le dijo: “¡Pero Beatriz! La Avenida de Mayo no es un lugar para nacer. Es un lugar para que discutan dos españoles”. Eran los años de la guerra civil española que provocaba terribles grescas entre la clientela del Hotel Español y la del Café Iberia, ambos sobre la famosa avenida.

En nuestros días están los que desfallecen por manejar apellidos vernáculos supuestamente “paquetes” (término bien porteño, de origen incierto, porque se es paquete o se está vestido paquete). Juran estar al tanto de la trama familiar de tal o cual familia, haciendo gala de conocer al dedillo sus casas o estancias, demostrando ante auditorios igualmente medio pelo como ellos la denominada connaissance de habitué. Ver a dos socios de algunos de los últimos “clubes de caballeros”, que se cruzan, por ejemplo, en el baño turco, es sufrir durante interminables minutos la mención de apellidos de supuesta prosapia.

Son los herederos, en algunos casos, de aquellos argentinos que deslumbraban a Europa con su riqueza. Algunas damas describían así sus estadías en los años veinte o treinta del siglo pasado: “Cuando vivíamos en Europa, yo creía que llevar dinero era un signo de pobreza; nosotros no lo usábamos, pues firmábamos siempre; en Niza o en París o en Londres. Ni los taxis pagábamos porque lo hacían los conserjes”.

Jauretche identifica a esa fauna de “estancieros argentinos, banqueros e industriales norteamericanos o fazendeiros brasileños, barones letones, príncipes rusos, con artistas, jugadores y aventureros: un abigarrado conjunto en que el volumen de la pour boire (propina) establecía las jerarquías, a ojo de conserje”. Luego aparecieron pautas sociales insólitas como lo que se dice o no se dice. No se dice cena, se dice comida. No se dice hermoso, se dice lindo. Y si se quiere hacer como que se es, hay que ser cuidadoso con estas cosas.

 

El genial humorista Juan Carlos Colombres, Landrú, editó en los años sesenta una revista que se llamaba Tía Vicenta. Había una sección en la que dialogaban dos primas, una medio pelo llamada María Belén, y otra auténtica de clase baja llamada Mirna Delma. En estos diálogos, Landrú hacía semanalmente dos columnas sobre diversos asuntos, en los que a algunos los calificaba como “in” y a otros como “out”. Uno de esos listados fue de colegios pagos, y se le ocurrió poner como “out” uno que vendía que formaba poco menos que a príncipes. Fue tal el disgusto por el descrédito que significaba esa clasificación, que lo demandaron y tuvo que rectificar la columna donde había colocado al establecimiento educativo.

Era la generación del reloj Rolex o de juzgar a la gente por el auto que usaba. Todo eso ya pasó hasta para el medio pelo sobreviviente. No obstante sigue vigente, por ejemplo, lo determinante en la pertenencia al barrio en que se vive. Familias originarias de Villa del Parque o Flores, migran al denominado barrio Norte apenas sus medios se lo permiten. En los años sesenta se podía escuchar esta frase: “¿Conocés a alguien como nosotros que viva en Belgrano?”

Hoy una pauta que va creciendo en el medio pelo es la de no parar de hablar de los restaurantes que frecuenta —si son del exterior mejor— y los vinos que bebe habitualmente. Son los que se identifican como “foodies”. Hace unos años los llamábamos tilingos. Lo malo es que es una tontería que crece y se la confunde con un signo de estatus o cultura… De algo se puede estar seguro; este tipo de gente no es feliz. Vive pendiente de que alguien descubra su mal manejo de pautas de comportamiento e impiadosamente lo devuelva al estatus social de donde no debió salir.

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