Luis XIV: La instalación del Rey Sol del absolutismo

Luis XIV: La instalación del Rey Sol del absolutismo

Luis XIV:  La instalación del Rey Sol del absolutismo

Mucho antes de los gigantescos aparatos de propaganda de Hitler y Mussolini, del advenimiento del cine y de las campañas publicitarias, de los movimientos de masas y de los asesores de imagen, un equipo de consejeros franceses ya se había encargado de construir la figura de uno de los más importantes monarcas de Europa.

Año 1643. Luis XIII, rey que gobernaba Francia asesorado por el cardenal Richelieu, murió a los 42 años víctima de la enfermedad de Crohn. Enemistado con su esposa, la reina Ana de Habsburgo, que lo había traicionado en medio de sus intentos por concebir un sucesor (recién luego de 23 años nacieron Luis-Dieudonné “el niño del milagro” y Felipe d’Anjou, duque de Orleáns), encargó a un consejo regente que gobernase en nombre de su hijo hasta su mayoría de edad.

La educación del heredero fue confiada al cardenal italiano Giulio Mazarino, sucesor de Richelieu. Sin embargo, la reina logró ignorar el testamento, disolver el consejo, coronar a su primogénito y guiar en su nombre los destinos de Francia junto a Mazarino. Porque Luis XIV, al acceder al trono, tenía sólo 4 años.

A partir de 1648, Francia vivió distintas guerras civiles, mientras el joven monarca era instruido del arte de gobierno por un grupo de consejeros: el economista Jean-Baptiste Colbert, el escritor Charles Perrault, los pintores Charles Le Brun y Francois Rigaud, el clérigo Jacques-Bénigne Bossuet y el poeta Nicolas Boileau, quienes se encargaron de cincelar la imagen de divinidad divulgada ya desde el preciso instante de su nacimiento.

Cuenta la leyenda que, en una de las revueltas, las turbas tomaron el Palacio del Louvre y al ingresar al aposento del rey, el pequeño Luis se hizo el dormido. Como por arte de magia, la cólera del pueblo pasó a ser una admirada contemplación del joven monarca y los rebeldes se dispersaron pacíficamente. El endiosamiento se acrecentaba.

Luis XIV fue declarado mayor de edad en 1651 y rey en ejercicio de Francia, en 1654, a los 15 años. En 1660 contrajo matrimonio con la infanta española María Teresa de Austria, lo que luego le permitió reclamar los Países Bajos españoles. La plena soberanía le llegó al morir Mazarino, en 1661. Para entonces, ya se veía a sí mismo como un enviado del cielo, cuyo poder no era otra cosa que un legado divino. Su régimen absolutista marcó la tendencia en la industria, las artes, la vida política, la moda y la economía. Y sus acólitos se encargaron de transmitir esa imagen.

La figura de Louis Le Grand o Le Roi Soleil fue exaltada de todas las formas posibles por el séquito de artistas de la corte. En sus 72 años de reinado, logró colocar a un Borbón en el trono español, anexar al país 10 nuevas provincias e imponer la cultura, la lengua, el poderío militar y el estilo de vida franceses como los más importantes de Europa. Se decía de él que era apuesto, augusto, brillante como el sol, generoso, glorioso, heroico, ilustre, justo, laborioso, magnánimo, pío, sabio y triunfante. Se lo presentaba como el padre del pueblo, el protector de las artes, el rey más católico, el restaurador de las leyes, el árbitro de la paz y de la gloria, el ampliador de las fronteras, el monarca más poderoso del universo, sólo comparable a Alejandro, Augusto o Carlomagno.

Ahora bien, moldear una imagen, diseñar escenarios, fabricar símbolos, proyectar una idea concreta de poder, no son originales estrategias de última generación. Ya desde épocas antiguas y hasta nuestros días, con más o menos espectacularidad, con menor o mayor tecnología, del imperio romano al imperialismo británico y estadounidense, de Alejandro Magno a Napoleón Bonaparte, de las cruzadas al nacional socialismo, de De Gaulle a Kennedy, de Gorbachov a Obama, todos han echado mano de ellas para construir su autoridad. Es que lo importante, además de tener el poder, es aparentarlo.

Vinicius • Edición 17 (2011)

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