Suspendido en el aire para mirar la historia

Suspendido en el aire para mirar la historia

Suspendido en el aire para mirar la historia

Silencio. Suspendido sobre la pirámide del Sol, únicamente el silencio sostenía la magnificencia de lo que se abría a nuestros pies. La ruinas de Teotihuacan (así pronunciado y no Teotihuacán como generalmente se dice a despecho de que todas las palabras de origen náhuatl son graves sin excepción), asombran por su escala y perfección. Viéndolas no dudamos de que fue la más importante ciudad precolombina de nuestro continente.

Quien haya ido a ciudad de México seguramente visitó este yacimiento arqueológico  incluido en la lista del patrimonio mundial de la UNESCO en 1987. Lo que tal vez no hizo fue sobrevolarlo en globo. Y eso es lo que quiero contarle.

La ocurrencia se disparó mirando los típicos displays con flyers que en cada lobby de hotel muestran las alternativas de tours y espectáculos. Allí descubrí uno que se destacaba por su colorido. Era un globo imponente surcando los cielos de Teotihuacan. Como sé que a Sebastian Arauz –mi compañero de viaje y fotógrafo habitual en este tipo de excursiones– los globos lo pierden, tomé uno. Llamé y acordé que pasarían a buscarnos para experimentar la sensación de flotar viendo semejante lugar.

Lo que no sabía es que los vuelos son a las siete de la mañana por razones meteorológicas y, dado que circular por el Distrito Federal no es cosa simple, había que levantarse a las cinco. Pero el sacrificio no nos desalentó y el esfuerzo tendría su premio.

Al globopuerto de Volare, la empresa fundada hace 25 años con larga experiencia en globos aerostáticos publicitarios, se llega en un transfer que ellos mismos facilitan. Teotihuacan está a unos 40 kilómetros del DF, muy cerca de los hangares y el predio en el que se remonta vuelo.

Al llegar vimos en el campo los globos recostados, sujetos a camionetas que le sirven de anclaje. Poco a poco les insuflaron aire caliente gracias a unos quemadores alimentados por unos tubos de gas estratégicamente ubicados en la canasta que finalmente oficiaría de nuestro sostén por el aire. Mientras veíamos todos los preparativos nos esperaba un café caliente y galletitas.

Conquistando el cielo

De pronto vinieron a buscarnos. Cuatro personas subimos al globo junto al piloto. En este caso se trató de Christian Valdez Rivera, que además de su evidente pericia tuvo una actitud simpática y tranquilizadora. Estábamos frente a quien bien sabe su trabajo.

-¿Y cómo dirigimos el globo a donde queremos ir?, pregunté exhibiendo de entrada mi absoluta ignorancia en esta lides.

-Pues lamentablemente no hay manera de dirigirlo.

-Pero entonces…puede que no sobrevolemos Teotihuacan…

-Tal vez.

Sin embargo, apenas iniciado el vuelo fuimos directo al centro de Teotihuacan que ya se divisaba claramente apenas levantamos altura. Luego me enteré que a esa hora el noventa por ciento de las veces el viento sopla en el mismo sentido. El globopuerto fue estratégicamente ubicado para aprovechar el usual sentido del viento.

A esa hora no hay turistas caminando por la milenaria ciudad. Ver la inmensidad de ese lugar que los antiguos consideraban sagrado, en soledad y desde el aire es, ciertamente, una experiencia única. La ciudad precolombina se ofrecía plena y en toda su extensión a nuestros ojos, sin nada que la contaminara. El smog típico de ciudad de México se veía a la distancia pero no estropeaba nuestra visión.

La sensación de volar en globo no se compara con absolutamente nada. El silencio es absoluto, sólo interrumpido de tanto en tanto por el dispositivo que calienta el aire para no perder altura. Tampoco hay viento, pues no hay resistencia alguna. El viento va con uno.

Cuando nuestro piloto accionó la llama el calor nos alcanzó por el instante en que duró prendida.

Nadie pudo dejar de tomar fotografías. Sebastian, que tomó la mayoría de las que ilustran esta nota, dice que quiere volver sin la máquina así sólo se limita a disfrutar mirando.

De pronto quedamos suspendidos e inmóviles exactamente encima de la pirámide del Sol.

–Tenemos suerte de permanecer aquí, dije confirmando mi ignorancia.

–Bueno…más o menos…agregó Christian.

–Pero si no puede dirigírselo es pura suerte.

–No puedo dirigirlo pero puedo hacer que suba o baje. Y así puedo quedarme a la altura en la que no hay viento o donde sopla para un lado u otro.

Desde donde estábamos la gran ciudad de Teotihuacan parecía no escabullir ningún rincón. De sur a norte la Calzada de los Muertos, su avenida y eje principal, con una extensión de cuatro kilómetros y un ancho de cuarenta y cinco metros. Comienza en la Pirámide de la Luna y muere en lo que los españoles llamaron “La Ciudadela”.

Además de las dos pirámides pudimos ver desde el globo la Casa del sacerdote, el Palacio de Quetzalpapalotl (Quezalmariposa), el Palacio de los Jaguares, la estructura de las Caracolas Emplumadas, el Templo de Quetzalcóatl y también La Ciudadela.

Allí permanecimos mucho rato. Embelezados y flotando. Luego Christian dejó escapar un poco de aire caliente y empezamos a bajar.

–Si no se puede dirigir, ¿dónde bajamos?

–En cualquier lugar en el que haya un claro.

Así lo hicimos. Desde tierra nos seguían en vehículos conectados por handies. Mucha falta no hacían esos aparatos. Supongo que el globo se vería desde varios kilómetros. Aterrizamos posándonos suavemente entre los nopales.

De vuelta al globopuerto nos esperaba un típico desayuno mexicano y nuestro certificado de haber volado en globo sobre Teotihuacan. Luego fuimos a recorrer caminando la antigua ciudad precolombina y trepamos infinitos escalones para hacer cumbre en las pirámides. Compramos objetos de obsidiana y cumplimos los ritos de todo turista en ese lugar. Sin embargo, lo que retuvo mi retina hasta hoy es sentirme flotando por encima del remate mismo de una pirámide que mansamente aceptó el atrevimiento.

Vinicius • Edición 19 (2011)

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