Jon y Arlene Malinski, emprendedores de buena cepa

Jon y Arlene Malinski, emprendedores de buena cepa

Jon y Arlene Malinski, emprendedores de buena cepa

Los propietarios de bodega Piattelli relatan su camino desde su Minnesota natal hasta el desembarco en Mendoza y Salta. Dos exitosos aventureros con una historia plena de creatividad, olfato para los negocios y coraje.

Hacer en familia de bodegueros y trabajar por 40 años como periodista enogastronómico en contacto permanente con bodegueros de raza deberían haberme preparado para que no me sorprendiera la personalidad de alguien que ha resuelto dedicarse al vino entre muchos otros negocios, después de una larga vida de trabajos y emprendimientos en su país natal, EE.UU. Jon Malinski y su esposa Arlene nos asombraron cuando compartimos una charla totalmente amistosa en casa de Carlos Mantovani, un caluroso día a comienzos de marzo.

Jon Malinski tuvo la buena idea de comprar la bodega Piattelli en Agrelo, Mendoza. Adquirió otra finca en el Valle de Uco para finalmente materializar su último hallazgo en las afueras de Cafayate, en un lugar privilegiado que lo sedujo por la presencia de las terrazas que construyeron los pueblos originarios para hacer sus propios cultivos. Decidió invertir en la Argentina en un viaje circunstancial de negocios inmobiliarios. Años antes había comprado pórfidos de la Patagonia para los edificios que construía en los EE.UU; su siguiente parada fue la provincia de Mendoza para proveerse de madera.

Se enamoró de Mendoza en 2001, en plena crisis económica. Contrariamente a lo que piensan muchos, a Malinski no hay crisis que lo amedrente. Él argumenta su decisión mejor que nadie: «Justamente encontré que ese era el momento. Tuve negocios en Rusia, algunos relacionados con la telefonía y otros al de máquinas copiadoras para oficinas, con los que había hecho mucho dinero en los EE.UU. En un momento todo el ambiente de negocios se vio convulsionado, al punto que terminaron matando al ciudadano ruso que era el presidente de mi compañía, así que vendí todo y me fui de ese país. Los entornos de negocios turbulentos no me asustan para nada».

Sus bodegas «obligan» a los Malinski a pasar dos meses al año en la Argentina. Generalmente eligen noviembre y marzo. Un mes, en Mendoza, otro, en Cafayate. Uno de sus cuatro hijos, Eric, complementa estas visitas ya que es el encargado de controlar la operación. Seis meses al año se quedan en Minnesota donde se asienta la familia.
La charla discurre amena, como amigos que se conocen desde siempre. Ambos sonríen con facilidad. Arlene recuerda que gracias a la venta de la empresa de máquinas de oficina comenzaron a invertir y a dedicarse a negocios que los entusiasmaban. Por eso, para celebrar, el día de la venta abrieron una caja de 12 botellas de vino francés y las bebieron mientras comían un número indeterminado de hamburguesas y hot dogs. Arlene aclara: «Bebimos 11 de las 12 botellas, conservamos una que podríamos beber contigo cuando nos visites: eran Château Latour 86».

La descripción de la construcción de la bodega en Cafayate tuvo ribetes tragicómicos. Jon hacía el seguimiento de la obra por Skype. A veces observaba un muro que no le convencía en su diseño y ordenaba al arquitecto: «Tírelo y hágalo de esta otra forma». No le interesaba la construcción técnicamente perfecta, su deseo era que se aprovecharan adecuadamente las piedras que se encontraban en el terreno. También tenía claro que el desnivel natural debía ser aprovechado para hacer que los mostos se movieran por efecto de la gravedad y de bombas hidráulicas.

Dice tener alma de cowboy, por eso tiene un rancho en Phoenix, Arizona, donde se da el gusto de emular al actor John Wayne cabalgando entre los rodeos de búfalos. En ese lugar este matrimonio vive tres meses del año. Al principio no sabía gran cosa de los detalles técnicos del mundo del vino. Tenía claro que le encantaba beber buenos caldos. Pero, como cada vez que emprendió un negocio que no conocía demasiado, se puso a estudiar seriamente todo lo relacionado con la viticultura y las regiones donde mejor se desarrolla.

Su vida profesional comenzó como vendedor de copiadoras para oficinas a los 22 años. Y terminó por fundar su propia y exitosa empresa a los 32. Le causa gracia rememorar un artículo publicado hace algunos años atrás en el periódico norteamericano Star Tribune, donde el periodista dice que pasó de inversor en Rusia a arreador de bisontes, y ahora se estaría por convertir en una suerte de barón del vino en la Argentina.
La operación en nuestro país descansa en las manos de Gabriel Fidel, exministro de Economía de Mendoza. La enóloga es Valeria Antolin, con la mirada complementaria del competente Roberto de la Mota. Estas espadas le han asegurado que varios de sus vinos conocieran las mieles de la premiación con más de 90 puntos por los rigurosos expertos del Wine Spectator.

El 60% de su producción se exporta a Norteamérica. Jon un día se cansó de las volteretas que daban los distribuidores americanos, entonces puso su propia distribuidora en el 2006, en la avenida Cedar, de Richfield, su barrio. Pronto empezó a comercializar 300 etiquetas distintas de 20 países diferentes. Claro que el vino más vendido en Minnesota pasó a ser el Piattelli de la Argentina.
Ross, otro de sus hijos, alguna vez declaró: «Recuerdo a mi padre diciendo que él quería hacer lo que le diera la gana, cuando se le diera la gana y como se le diera la gana. La venta de la empresa de máquinas en 1996 le ha permitido hacer esto».
Sus fincas en Agrelo y Valle de Uco en Mendoza y su bodega en Cafayate con sus propuestas de hospitalidad y turismo muestran que sabe muy bien qué hacer cuando le vienen las ganas de hacer lo que quiera, cuando quiera y donde quiera. Y claro, Arlene lo acompaña, por lo que cabe esperar más éxitos, fruto de una imaginación, un olfato para los negocios y un coraje inagotables.

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