Gino Bogani, la intimidad de un grande

Gino Bogani, la intimidad de un grande

Gino Bogani, la intimidad de un grande

Como uno lo ve por todas partes, en todo cocktail que se precie, en toda revista de mundo que se vende en los quioscos, imagina que entrevistar a Gino Bogani es cosa de niños. Pues, quien piensa eso, se equivoca de medio a medio. Gino es un hombre con una agenda absolutamente demandante. Como si esto fuera poco, existe Mabel, de hecho existe desde hace 32 años en la vida de este artista de la moda, y es un f iltro por el que hay que pasar para poder acceder a la entrevista.

El encuentro fue en la casa de Bogani que es también su atelier. Disponíamos de una sola hora pero fueron tres horas y media las que literalmente volaron sin darnos cuenta.
De ese tiempo, una buena parte se la llevó la sesión fotográfica para la nota. Porque él personalmente supervisa todo, mueve muebles, ensaya sonrisas, ¡mira las fotografías en la máquina del fotógrafo apenas tomadas! Esta parte fue todo un show en el que queda claro desde el inicio que todo él y su mundo son un tributo a la estética.

 

 

 

La casa de Bogani es una rareza total insertada en la calle Rodríguez Peña de Buenos Aires. Vista de afuera es imposible imaginar lo que hay dentro. Desde que se abre la puerta, la casa tiene un perfume encantador. Enseguida se ve al dueño de casa preocupándose personalmente de prender velas perfumadas para que este detalle se mantenga imperturbable. No obstante, de tanto en tanto, aparece merodeando Miguel, su viejo mayordomo formoseño, atento a lo que pueda necesitar su patrón.
La decoración es un dechado de buen gusto en el que se refleja el dueño de casa. “¿Compraste muchas cosas en tus viajes?” Y él responde: “Prácticamente nada. Todo lo fui encontrando aquí en casas de remate”. En una de sus salas sobresale una colección interesantísima de esa suerte de caracolas que los ingleses llaman spoon warmers.
Confiesa haber nacido en el 42 para demostrar que está muy conforme con su edad. Y la verdad es que tiene porqué, ya que realmente tiene una planta que no se podría decir con malicia “a pesar de sus años”. De ninguna manera. Gino conserva una figura que cualquier hombre por encima de los 50 años envidiaría.
Habla de su casa con particular afecto, y se confiesa casero. Alguien que disfruta de quedarse tranquilo en su casa, viendo alguna película, escuchando música, o simplemente disfrutando de una larga siesta. A la hora de salir, lo que prefiere es ir al teatro.
Cosa curiosa, porque en un momento confiesa un amor incondicional por el cine, pasión que le viene desde que tenía 11 años de edad. Fue esta la razón, quizás, por la que no tuvo una relación con sus compañeros de escuela cuando volvían a sus casas. Eran los años en que este mago de la alta costura se veía en un futuro como un arquitecto o como un actor del cine que amaba. Pero reflexiona y piensa que le agradaría reencontrase con aquellos compañeros de la Escuela Nº 1 de Mar del Plata.
Una anécdota lo pinta de cuerpo entero: como necesitaba dinero para sostener esta pasión, llamaba a un programa que había en la Mar del Plata de su infancia en la radio LU9, en la que hacían un concurso para adivinar quienes eran los actores que se escuchaban al aire y en qué película habían trabajado juntos. El premio eran entradas de cine. Como ganaba siempre, un día la locutora del programa —María Teresa Robledo— hizo un acuerdo con él: no llamaba más y cuando quería ir al cine, pasaba por la radio y le regalaban las entradas directamente.
Íntimo de todos los acomodadores, lo aconsejaban sobre qué películas valían la pena y cuáles no para evitar que perdiera tiempo. Su film inolvidable es Muerte en Venecia de Visconti.

 

 
A pesar de que me había propuesto no hacerlo, hablamos de la moda. Y Gino dice que no encuentra entre los contemporáneos a ningún modisto con quien compararse, a pesar de que pide que quede claro que los respeta a todos. Si tuviera que pensar en la Argentina, se remite a las glorias de los años 50 que fueron Jacques Dorian, Drecoll, Carola, Vanina de Mar, Greta. También recuerda que eran años en que era frecuente comprar los patrones o moldes a las grandes casas de París pero que, viendo hoy esos vestidos, está convencido que la confección local era mejor que la francesa.
De aquellos grandes maestros y maestras recuerda que las colecciones se presentaban en sus propias casas y, para que todas las clientas pudieran verlas, los desfiles se hacían durante 2 o 3 días, y no existía prensa que los registrara.
Me explica que las modelos sobre las que se prueba el vestido en el taller se llaman “maniquíes de cabina”. Y comenta con entusiasmo: “el vestido toma vida cuando la modelo lo desfila, pero la vida verdadera es cuando una clienta lo luce. Hay vestidos que destellan con determinadas dueñas”.
Lobo solitario, no le gusta compartir viajes con amigos, pero sí encontrarse con amigas entrañables que lo esperan en New York y en París.
Con la comida se confiesa compulsivo ante las pastas y actualmente ha comenzado a gratificarse con los dulces. Pero siempre dentro de una idea de comida sencilla y sana.
Le pregunto si se ha hecho alguna cirugía estética y responde terminante: “Jamás. Le tengo terror a quedar con las orejas corridas de lugar como he visto a algunos que se la han hecho. Además, no creo que la precise…”.
Aparece Miguel y llega el momento de partir. Él se despide en el hall señorial del primer piso. Me llevo en mi mente las anécdotas de cuando vestía a grandes como Eva Franco o Blackie, pero que le prometí no contarlas…
Vinicius • Edición 16 (2010)

 

 

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