Muralla de Ávila, Patrimonio de la Humanidad

Muralla de Ávila, Patrimonio de la Humanidad

Muralla de Ávila, Patrimonio de la Humanidad

En España, y a 130 años de la declaración como Monumento Nacional, el símbolo medieval del catolicismo conserva el esplendor de siglos pasados y cumple un nuevo aniversario en rescate de los valores que lo vieron nacer.

En una tierra de catedrales y basílicas, en medio de intensas huellas del Catolicismo, la Muralla de Ávila se erige majestuosa entre las colinas ancestrales de la comunidad autónoma de Castilla y León.
Fue declarada monumento histórico y artístico de España en marzo de 1884 y poco más de un siglo después todo su entorno se convirtió en Patrimonio de la Humanidad: la muralla y las iglesias extramuros, por ser el sitio amurallado de la época medieval mejor conservado en el país, aunque sus características son envidiadas y ponderadas en toda Europa.
Separa el antiguo casco de la ciudad respecto de la provincia de Ávila. Se trata de una cerca militar que fue construida con estilo románico, que se extendió por gran parte del país buscando mantener el equilibrio cristiano al separar el espacio “civilizado” del “salvaje”. Un criterio sobre el cual se desarrolló posteriormente el urbanismo de la región.
No hay una fecha exacta de su origen, pero se estima que los primeros restos encontrados corresponden al siglo II a. C., en plena expansión del Imperio Romano. Más adelante, en la Edad Media, hacia el siglo XI o principios del XII, se integraron las primeras torres a una muralla preexistente. A través de los siglos se hicieron reformas y muy cuidadas restauraciones.

 


La comunidad abulense y turistas de todas partes del mundo recorren el perímetro de 2500 m, con muros de 12 m de altura, 9 puertas y 88 torreones. Y, como toda edificación antigua, nos regala innumerables leyendas. Sin duda, las que más conmueven son aquellas que narran los amores de antaño. Como la del castillo “Mal que os pese”, llamado así en referencia a la frase que pronunciara el comandante Alvar Dávila frente a don Diego de Zúñiga, padre de doña Guiomar, cuando este rechazó el pedido para esposarla. Cuenta la historia que se habían enamorado a primera vista. Y que, frente a la negativa paternal, el enamorado exclamó “Seguiremos amándonos, y aún más: viéndonos. ¡Mal que os pese!” y mandó construir un castillo en lo alto de un risco en Sotalvo, desde donde tenía vista a la alcoba de Guiomar, que podía vislumbrarse por encima de los muros de la muralla. Al poco tiempo ella murió de amor el mismo día que él partió hacia una nueva guerra.
Otra historia similar, de aquellas en las que la muerte solo se puede explicar a través del desamor, es la que ocurrió a Lucinda, hija del noble Núñez Vela. Ella vivía con su familia en el palacio y había un joven —Enrique Blázquez Dávila, también noble— que la seguía cautelosamente y en numerosas ocasiones aparecía frente al balcón de su habitación que se mantiene en la actualidad y también puede ser visto por encima de la muralla: su perspectiva sobre el Valle de Amblés es magnánima. El misterioso Enrique logró entablar un diálogo con la doncella y en poco tiempo se enamoraron. Pero, en una maniobra que se sospecha fue pergeñada por el padre de la joven, lo acusaron de conspiración y lo desterraron. Esa misma noche se juraron amor eterno. Poco tiempo pasó hasta que ella murió de una agonía de causas desconocidas. Cuando él lo supo entró tempestuoso al convento San Francisco, al norte de la ciudad, donde descansaban los restos de su amada y fue tan inmenso el dolor que lo atormentaba que —dicen— sus manos quedaron pegadas por unos instantes a la tapa del sarcófago. Al día siguiente ingresó como monje al mismo convento y allí pasó el resto de su vida. Lo extraño es que los historiadores no han podido determinar realmente la presencia de este caballero.
Los muros saben conservar estas historias. Simplemente, hay que visitarlos para sentir esta adorable mística que los inunda.

Vinicius • Edición 31 (2014)

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