Ricardo Santos

Ricardo Santos

Ricardo Santos

Qué satisfacción iniciar esta columna dedicándola a un hombre como Ricardo Santos, con una trayectoria en la Mendoza vitícola que comienza 50 años atrás.
La vida de Ricardo Santos está íntimamente ligada a la vitivinicultura, pero no porque su infancia haya transcurrido en una bodega. La infancia de Ricardo transcurrió en el barrio de Flores de su Buenos Aires natal. Siguió en Moreno, Provincia de Buenos Aires, detalle que casi nadie conoce. Finalmente, su padre estableció el domicilio familiar en la Avenida del Libertador y Oro.
Nació en 1937. Su vocación se orientó hacia la arquitectura y cursó su carrera en los Estados Unidos. El tema de su tesis –presentada en 1961– fue la bodega Norton, que su padre había comprado como mera inversión en 1957. El primer viñedo que visitó en su vida fue en el norte del Estado de Nueva York en 1960.
Curiosamente su padre tampoco tenía relación anterior con el mundo del vino. Un contador hecho y derecho, uno de los 27 profesionales convocados por Raúl Prebisch para fundar el Banco Central en la década del 30. La bodega se la compró a Arturo “Arturito” López, un chileno residente en París, que era al cobre en su país lo que Patiño al estaño en Bolivia. Este, a su vez, la había comprado a don Eduardo J. Norton.
Volvió Ricardo a la Argentina y por diversos motivos nunca ejerció su profesión de arquitecto. Comenzó a viajar a Mendoza para ocuparse de Norton, hasta que su hijo Patricio ingresó a la escuela primaria y con la abnegada Estela Varsi, su mujer, resolv ieron instalarse definitivamente a vivir en Mendoza. Esto fue en mayo de 1972.
Con su hermano Alberto, que siempre residió en Buenos Aires y no se involucró en la parte industrial, regentearon la bodega hasta noviembre de 1991. Fueron años de éxitos, porque en la memoria de los mayores de 50 años se mantiene imborrable el placer que nos producía tomar aquel vino Perdriel, hecho de la antigua forma, un corte estilo Burdeos, y con una calidad que se extraña. En aquellos años, la diferencia de precio entre un vino “común” y uno “fino” no superaba el 25%. Ricardo pateó el tablero, y lo diferenció en un 300%. Fue una conmoción en el mercado, pero las principales bodegas siguieron su ejemplo al poco tiempo.
Santos fue un hombre de relacionarse con todos los prohombres del mundo del vino. Durante el Mundial de Fútbol de 1978 iba a los partidos que se jugaban en Mendoza, acompañado por su padre y el Padre Francisco Oreglia, a quien se lo reconoce como el fundador de la enología argentina. El mismo que formaría a Francisco Pancho Giménez –el enólogo de su bodega– y a su contemporáneo y amigo, Raúl de la Mota.
Pocos o casi nadie habían escuchado hablar de Robert Mondavi o de Napa Valley, cuando él los recibió en su casa de la bodega. Y la galería de fotos lo muestra con un jovencísimo Gato Dumas acompañado de un ídem Ramiro Rodríguez Pardo; con Alan Young y con cuanto periodista de nota existía en aquellos años.
Quizás fue Ricardo el primero en advertir que el mundo del vino había dado un vuelco, que para acompañarlo hacía falta una masa de recursos para reinvertir que pocas bodegas tenían. En noviembre de 1991 se desprendieron de la bodega Norton y Ricardo juró: ¡nunca más me meto en vinos…!.

 


En 1993, apareció una de esas viudas típicas, dueña de buenas hectáreas de viña que quería vender, y Ricardo se dejó tentar. Y cuando se quiso acordar, volvía por sus fueros a la vitivinicultura como la primera vez: casi por azar.
En 1995 ya salió la primera botella después de una ardua tarea en el viñedo, en el que aparecían entremezclados olivos con viñedos viejos y descartables, como se solía hacer en Mendoza hasta los años 80.
Y reapareció el viñatero que siempre hubo en él. Ricardo tomó sobre su espalda el definir las líneas fundamentales y estratégicas a seguir: concentrarse en la marca que llevaba su nombre y hacer hincapié en la uva estrella de Mendoza, la malbec.
El piensa que el escenario futuro del vino “es de gran competencia. Pero los ganadores serán los que produzcan vinos de calidad. Y es allí donde Argentina tiene para ganar”. En su caso, en su bodega, para ese futuro ya los tiene instalados a Patricio y Pedro, dos de sus cuatro hijos que lo acompañan en la bodega, trabajando para esto.
En septiembre del año pasado, James Molesworth, que tiene un blog asociado al Wine Spectator, contó la impresión que recibió en su visita del año pasado a Mendoza y de su encuentro con Ricardo Santos: “…la cara del vino en la Argentina es nueva, joven y popular…Ricardo Santos, 72 años, ha visto el negocio del vino en la Argentina desde la nada hasta donde se encuentra en el día de hoy…”. ¿Qué mejor tributo?

 

Vinicius • Edición 13 (2010)

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