Stephen Koekkoek, mística y talento

Stephen Koekkoek, mística y talento

Stephen Koekkoek, mística y talento

Fama, drogas, opulencia y miserias, ingredientes de la biografía de un creador genial con una vida de leyenda. Las historias de un dandy errante cuya pintura permanecerá para siempre.

Descendiente de una dinastía de los Países Bajos, integrada por más de 15 miembros notables de la pintura, Stephen Robert nació en Londres, el 15 de octubre de 1887. Su padre, Hermanus Jr, se había radicado en esa ciudad en 1869 y como artista tuvo un respetable éxito. Fue también un importante marchand. Se casó con una inglesa y tuvo un único hijo, a quien le enseñó el oficio. Quien sería un personaje único de nuestra pintura quedó huérfano de madre tempranamente, se dice que fue amigo de Oscar Wilde y que su primo Hernmanus Willem, también pintor, lo guió en sus inicios en el arte.

Su llegada a nuestro país, a través de la Cordillera, se produjo en 1914, tras haber vivido en Lima y Valparaíso y recorrido Bolivia. Se instaló en Mendoza donde una exitosa muestra le dejó una pequeña fortuna. Se casó intempestivamente, a los 27 años, con Nella Azzoni, menor de edad y hermana de un conocido pintor local. Tuvieron un hijo, Bernardo Winkfield. Pero lejos de sentar cabeza, abandonó su familia y retomó su vida errante.

 

 

En 1916 expuso por primera vez en Buenos Aires: en Witcomb presentó Marinas y puertos, la mayoría europeos (Londres, Dordrecht, La Haya y Amsterdam), canales y molinos holandeses, obras de paleta atemperada, de carácter impresionista con marcada influencia de la escuela de La Haya y de sus antecesores. Sumó otras exposiciones exitosas, en Montevideo, Bahía Blanca y Rosario. Tiempos de euforia y lujo en los que se paseaba por la calle Florida, con su sombrero Stetson, traje blanco, bastón de caña de Malaca y habano se alternaban con periódicas depresiones en las que se alojaba en hoteles de cuarta categoría que pagaba con obras pintadas sobre los fondos de los cajones que desmontaba antes de irse.

En 1918, en una casaquinta alquilada en Banfield, alojó a su amigo Claudio Alas, poeta colombiano a quien había conocido en Chile. Este, como resultado de una profunda depresión, se suicidó después de matar al perro de Koek para que su alma lo acompañara en “la otra vida”. Koek, en una nueva recaída, se volcó entonces a la cocaína y al alcohol.

Se recuperó, expuso en Córdoba y en Santiago de Chile. En 1922 presentó una exitosa exposición en Lima. En su temática se incorporaron las corridas de toros; sus mercados orientales se instalaron ahora en el altiplano o en La Paz. Vendía bien, pero el dinero duraba poco. Al año siguiente el Banco Municipal saca a remate ciento cincuenta y ocho cuadros firmados Koekkoek y el baúl en que el artista los había llevado para empeñar.

A mediados de la década del veinte, en búsqueda de sosiego, pasa una larga temporada en una estancia de Chivilcoy, propiedad de su amigo Navarro Lobeira. Allí realizó un trabajo de largo aliento que, a diferencia de su producción habitual, le demandaba varias jornadas: una obra para ser obsequiada al príncipe de Gales encargada por la comisión creada para homenajear al ilustre visitante. “Veleros en sol de mayo” es una magnífica marina en la que luce en primer plano una de sus famosas fragatas. La obra misteriosamente no llegó a manos del príncipe.

 

 

Todo es efímero en la vida de nuestro dandy: en marzo de 1926 la policía federal lo detuvo intoxicado en la Plaza Lavalle y fue internado en el que luego sería el Hospital Borda. Allí continuó pintando, con un estilo expresionista desenfrenado, de paleta cargada con abundancia de rojos y gruesos empastes. Devenido en Napoleón, elegía entre los enfermeros del hospital a sus mariscales y lugartenientes, se autorretrataba con estampa bonapartista y la temática religiosa se convirtió en su obsesión.

Salió a los tres meses, algo repuesto. Su amigo Carlos Orero organizó continuas exposiciones. A precios bajos, su obra se vendía fluidamente y Koek producía en abundancia. En 1930 presentó en Salón Chandler de la calle Florida la exposición más grande de su vida: 200 obras. Progresivamente la locura se apoderó de nuestro artista: sus cartas hablaban de sus triunfos: “Triunfé en las Bellas Artes, como en Rivolí, Austerlitz y Marenco… Mi vida ha sido un triunfo de la fe en mí mismo y la voluntad en los campos de batallas… Deseo ver a mi ejército en la gloria de la inmortalidad”

El 20 de diciembre de 1934 fue encontrado muerto en un cuarto de hotel de Santiago de Chile. Se hablaba de asesinato pero el parte médico estableció un paro cardíaco, debido a intoxicación por droga y alcohol. Concluyó así la trayectoria de este genio que al igual que Van Gogh creó un arte con mayúsculas a partir de una tortuosa vida. La leyenda, como su pintura, en cambio, permanecerá para siempre.

 

 

 

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