Adolfo Nigro, pintor a toda costa

Adolfo Nigro, pintor a toda costa

Adolfo Nigro, pintor a toda costa

Nació en Rosario, Argentina. Pero a través de José Gurvich, en Montevideo, entró en la genealogía del taller Torres García. Las épocas de su vida se unen de costa a costa. En sus cuadros aparecen boletos, objetos cotidianos, carros de mercado, peces y caracoles; o estampillas de cartas, símbolo de personas queridas y lejanas.

Adolfo Nigro es colorido y caudaloso al conversar, extraordinariamente simpático. Mantiene el entusiasmo con que se ven y se cuentan los primeros asombros. Lo deslumbra la vida. Reconocido, premiado, ya mayor, conserva la mirada divertida y feliz de un niño, ante las sorpresas de la vida.

Siempre hay en tus cuadros referencias personales, datos, señales.

Siempre he pintado vivencias sedimentadas, el desarrollo de lo visto. No hago otra cosa que contar mi historia usando el lenguaje plástico. Mi tradición es la de Joaquín Torres García, que aprendí de Gurvich. En ella se fusiona mi vida, vinculada al agua, a la costa, al río; al recuerdo de los veranos en Rosario cuando era chico. Soy un hombre de río, de la orilla. Así viví, eso expreso.

Gurvich me enseñó a mirar desde lo plástico, nunca desde lo imitativo. La realidad es la materia prima que uno acumula, a partir de emociones. Después hay que transformarla, convertirla en hecho estético, con un concepto propio.

¿Reconocés un principio en tu vocación de pintor?

Siempre se parte de algo o de alguien, que nos pone en el camino. Para mí ese alguien fue, en Rosario, mi primo Alfredo Anémola que era, ya por entonces, actor. Él nos mostraba que había algo más en la vida que las estrecheces y los problemas. Siempre nos incitó a estudiar. Después hubo otros amigos fundamentales, encaminadores: Ernesto Drangosh, Yuyo Goitiño, Cacho Cavo… tantos y tan generosos amigos.

¿Tu infancia, tu adolescencia?

Cuando nos mudamos desde Rosario a Buenos Aires mi padre se puso a trabajar en el Mercado de Abasto. Lo ayudábamos y eso me gustó: quería yo también ser verdulero. Mi padre era un personaje. Alto, grande. Años después, cuando leí Trabajar cansa, de Cesare Pavese, encontré la descripción del antiguo oficio de los hombres trabajando con los carros, me conmovió, porque era el oficio de mi padre. Los carros del mercado que cargamos tantas veces. Después, mi padre invitaba a todos a comer. Éramos pobres, pero esos almuerzos en el mercado eran, como él, abundantes, vitales, alegres. Vino de abril se llama un cuadro que le dediqué.

 

 

“Al pintar, uno puede incorporar todo lo que le es querido.”¿Es así? 

Para mí, es así. Forman parte de lo que pinto, los cuentos de Italo Calvino, la poesía de Vallejo… uno se va impregnando de distintas cosas. Pero mi influencia principal ha sido -durante su infancia- la capacidad creativa de mis hijos. Trilce, Joaquín, Inés, Violeta. Esas manchitas, ese “trazo torpe” de los niños, quebró la rigidez academicista que me dio dibujar infinitos yesos en mi adolescencia. Violeta solía decirme “Vamos a hacer objetos, papá”. Inés, mirando una vez lo que yo pintaba, me dijo “Papá, te hace falta el marinero” y ella misma lo agregó, boca abajo, como zambulléndose o volando.

Qué lindo, eso, de tus hijos. Pero ¿inf luencias mayores? 

Del taller de Joaquín Torres García me atrajo incluir símbolos en la pintura. Y, sobre todo, la personalidad y la obra de Gurvich. Hubo confianza desde el primer momento. A él también le gustaban mucho Brueghel y el Bosco, mis primeras pasiones: sus ocres, sus verdes, su abigarramiento, ciertas notas blancas. Gurvich me enseñó a prenderme de lo real, dibujar todo lo que uno ve. Pero después -decía- hay que crear con esa realidad un problema plástico. “No quiero ver dibujos, quiero ver problemas” nos repetía, a mi hermano Jorge y a mi, siempre. Le interesaba la realidad transformada por la mirada del pintor. También le debo mucho a las enseñanzas de Guillermo Fernández, otro gran artista uruguayo. Quiero decir que, sin la Banda Oriental, yo no sería el mismo.

Queda dicho. ¿Cuál dirías que es el artículo de fe básico, de un pintor?

Un pintor es alguien muy interesado en la vida, no vive en un mundo aparte como a veces se fantasea. Mirá… los alumnos de Gurvich, todas las tardes, después de trabajar, tomábamos el té con él y leíamos a Antonio Machado o las conferencias de Torres García… hablábamos de arte y de la vida. Muchas veces él tocaba la armónica. Le preocupaba nuestra situación económica, trataba de ayudarnos a resolverla. Una gran enseñanza, que le agradezco, fue que pintar es un trabajo. Un trabajo útil. Asumirlo como tal. “Si el zapatero vive de su trabajo, el pintor debe también vivir de su trabajo”, insistía. Su influencia siempre será determinante en mí, desde lo formal hasta la iconografía, aunque evolucioné con mis rasgos particulares. Me afirmo en su tradición y en su concepto de que pintar es un trabajo necesario, contra la repetición y el conformismo.

Gracias, querido Nigro, abrazo y… nos vamos. ¡A seguir trabajando!

Nada de eso: ¡Voy a poner agua para el té!

Vinicius • Edición Nº 21 (2011)

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