Don Carlos López

Don Carlos López

Don Carlos López

Don Carlos Alberto López, titular de las Bodegas López, donde se produce, entre muchos otros, el icónico vino nacional Monchenot, es un hombre arisco para las entrevistas. Vinicius tuvo el privilegio de conversar con él en Mendoza, su lugar en el mundo.

En general toda su familia tiende al perfil bajo, porque los hijos que lo acompañan en la gestión de la bodega tampoco son de andarse mostrando mucho.

Nos encontramos en la vieja casa familiar, dentro del predio de la bodega en Mendoza. Una edificación de estilo español donde la familia vivió por muchos años. Don Carlos, al hacerme pasar, me aclara: “Esta es una casa acostumbrada a tener chicos”. Un enorme jardín, perfectamente cuidado, alberga una piscina con agua cristalina, que espera la llegada de los primeros calores. Todo este complejo hoy se encuentra ubicado en medio de un barrio de la periferia mendocina. Y nuestro entrevistado recuerda: “Originalmente todo esto estaba rodeado de viñedos. Vivíamos a campo abierto…”.

Carlos López nació en Buenos Aires en 1936, y realizó sus estudios secundarios en el colegio Champagnat. Incluso actualmente, en sus viajes semanales a Buenos Aires, suele organizar almuerzos con sus compañeros de entonces. Estudió Agronomía, y en 1958 se fue a Mendoza a seguir el destino familiar. Recordarle su origen porteño no le incomoda, pero aclara rápidamente: “Mi casa y mi familia están en Mendoza. Soy de Mendoza y mis nietos se están criando acá”.

A la hora de casarse, eligió a una porteña, María Isabel Laurenz, con la que tuvieron cinco hijos: Alejandra, Carlos Alberto, Eduardo, María Isabel y Virginia, que le dieron 16 nietos.

En 1962 se hizo cargo de la bodega que hasta entonces gestionaba un cuñado. De sus cuatro hermanos, el paso del tiempo hizo que quedara como socia suya únicamente su hermana mayor, Martha López de Naveira, de quien dice: “Somos más que hermanos, somos amigos; nos llevamos muy bien…”. De aquellos años le queda el recuerdo de cuando se comunicaban con un teléfono de magneto, esos en los que se llamaba a la operadora girando una manija y ella se ocupaba de establecer la comunicación deseada.

Expresa su amor por los toneles de madera que se ven por toda la bodega. Cuenta que en l968 cuando se liquidó la bodega Benegas,“compré toda la madera que tenían. Acá los toneles los cuidamos como si fueran de oro. A punto tal que solo los ‘afeitamos’ a la hora de hacerles la limpieza”.

Cuando hablamos del roble de Nancy, recuerda que: “Nancy no tiene robles. Son todos de Eslavonia. Lo que tiene Nancy es la tonelería, por eso se habla como si la madera fuera de allí”.

Siente que se haya perdido el consumo del denominado “vino común”: “Nosotros teníamos ‘El Vasquito’, un vino que hasta se llegó a vender en tetrabrick. Pero al consumo del vino común lo mató el horario laboral corrido. Al no tener la gente la pausa para ir almorzar a su casa, dejó de consumir vino en la forma en que lo hacía”. Y agrega: “Eran años de los denominados vinos finitos porque su calidad era muy buena”.

Le pregunto quienes quedan de aquellos bodegueros como él. Y no duda: “Adriano Senetiner y Ricardo Santos”.

Pero resulta que su familia no solo estaba volcada a la industria bodeguera. Fue dueña del Banco Regional de Cuyo, del cual fue presidente durante 27 años. Más tarde, se retiró del banco, cuando hizo un canje de acciones con un hermano, quedándose él con su parte de la bodega, y cediendo la suya en el banco. El banco estuvo en manos de la familia hasta hace dos años.

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